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Opinión

Enfermedades emergentes en un planeta doliente

Más del 60% de las enfermedades infecciosas humanas son causadas por patógenos compartidos con animales salvajes o domésticos. Algunas de estas enfermedades solo han surgido recientemente a causa de la deforestación.

Muchas zoonosis, enfermedades propias de los animales que incidentalmente pueden comunicarse a las personas, dentro de las cuales se incluyen varias causadas por viruses nuevos raros como el coronavirus SARS-CoV-2, están vinculadas a cambios a gran escala en uso de la tierra que afectan la biodiversidad y las relaciones entre animales huéspedes, personas y patógenos. La modificación de la tierra, independientemente de su razón, cambia los patrones de vegetación, las dinámica de las especies vectores y hospedantes, los microclimas y el contacto humano con animales domésticos y salvajes. Todos estos factores son cruciales en la ecología de la enfermedad. Los efectos han sido bien estudiados y descritos para enfermedades como la malaria, donde se ha identificado el papel preciso que desempeña la deforestación para el desarrollo de asentamientos agrícolas y productos forestales comerciales en la promoción de la incidencia de esta enfermedad que causa la muerte de 400 mil personas al año, de acuerdo a la OMS. Lo preocupante es que el número de enfermedades infecciosas emergentes catalogadas, y especialmente las que se originaron en la vida silvestre, han aumentado en las últimas décadas por el incremento de la deforestación en bosques primarios.

En el Darién, bosque tropical ubicado en la frontera colombo-panameña, se vio un aumento en el 2010 de los casos de una enfermedad causada por el virus de la encefalitis equina oriental de América del Sur, o el virus Madariaga. La encefalitis es la inflamación del cerebro, puede provocar confusión, convulsiones o problemas sensoriales o motrices. Al igual que su primo, el virus de la encefalitis equina venezolana, que causó un brote a mediados de la década de los 90 en La Guajira que resultó en 14.156 casos humanos, donde 1.258 requirieron hospitalización y 26 fallecieron como consecuencia de la enfermedad, está relacionado con la tala generalizada y la alteración de los bosques locales. La fragmentación de los ecosistemas mezcla a las personas y especies animales que normalmente no estarían interactuando. El brote de 2010 fue el primero documentado en humanos y se cree que afectó a unas 100 personas, especialmente niños. En muchos, el virus causó problemas neurológicos severos y se sospecha que causó una muerte. Ahora, los científicos informan la identificación de Madariaga en ocho niños en Haití en 2015 y 2016, con el potencial de que pueda mudarse a otras partes del Caribe o Norteamérica.

Un paisaje degradado con potencial para la aparición de patógenos es el llamado “Arco de deforestación” en el sur de la Amazonía brasileña, la frontera de deforestación más grande del mundo. La deforestación en esta región está impulsada por la conversión de bosques naturales en tierras de cultivo intensivas y pastos para la producción de productos agrícolas, incluida la soja, la carne de res, el maíz y la extracción de madera. En ella se encuentran dos especies de murciélagos filostómidos, el murciélago de nariz lanceolada Phyllostomus hastatus y el murciélago gnomo frugívoro Dermanura gnoma, las cuales han presentado anticuerpos contra el hantavirus. Los hantavirus han provocado fiebre hemorrágica con síndrome renal y nefropatía epidémica principalmente en el Viejo Mundo, y síndrome cardiopulmonar por hantavirus en las Américas. Se cree que los hantavirus se originaron en murciélagos o mamíferos insectívoros y luego se propagaron a los roedores y pueden llegar a ser extremadamente fatales. En un lapso de 175 días, entre noviembre de 2018 y marzo de 2019, 34 personas en una zona acotada de la Patagonia argentina y chilena contrajeron síndrome pulmonar por hantavirus (SPH) transmitido de persona a persona, en lo que representa el mayor brote de ese virus dispersado por vía interhumana que se registra en el mundo. El brote fue causado por el virus Andes (variante Sur) y produjo 11 muertes, lo que implica una tasa de letalidad de 32%. La afectación pulmonar progresa con rapidez y alrededor de 40% de los sujetos puede fallecer dentro de las 48 horas tras la admisión al hospital. Un estudio en el “arco de deforestación” reciente encontró que el hantavirus está infectando murciélagos de diferentes grupos tróficos y que el hantavirus está circulando entre los murciélagos en el sur de la Amazonía. La deforestación en esta región representa una amenaza para la salud mundial porque puede ser un punto crítico de enfermedades emergentes, ya que es un área rica en biodiversidad de vida silvestre y probablemente rica en la diversidad de microbios, muchos de los cuales aún no han sido identificados por los científicos. Como se había dicho, mayor acceso a los bosques tropicales para industrias extractivas y otros actores podría aumentar el riesgo de enfermedades zoonóticas al cambiar el hábitat y la composición de la comunidad de vectores, modificar la distribución de las poblaciones de vida silvestre y los animales domésticos, y aumentar la exposición a los patógenos a través del mayor contacto humano con los animales.

El efecto continuo de la pandemia del VIH / SIDA y SARS-CoV-2 es un recordatorio del riesgo de propagación de patógenos zoonóticos desde sus reservorios naturales al ser humano. Se necesitan nuevos enfoques audaces. Según las estimaciones de la ONU, la población mundial será de más de 9 mil millones para 2050, y más de la mitad de la población mundial ya vive en zonas urbanas. Los cambios en los sistemas de producción de alimentos proporcionan más seguridad alimentaria para las poblaciones en crecimiento, pero también cambian los riesgos de enfermedades zoonóticas de manera que desafían el control de la enfermedad. Las industrias basadas en la extracción de recursos naturales proporcionan materiales e incentivos económicos, pero pueden conducir a la liberación de agentes patógenos que son nuevos para los humanos. Se necesitan con urgencia pautas de mejores prácticas seguras que incluyan conocimiento ecológico para reducir el riesgo de la aparición de enfermedades. Dichas directrices deberían ser obligatorias a través de mecanismos de financiación que apoyan proyectos de desarrollo a gran escala o ser requeridas por las entidades financieras.

El efecto de las enfermedades zoonóticas resulta en una carga anual recurrente para la salud y el sustento de las personas en todo el mundo, pero carga desproporcionadamente a los países de bajos y medianos ingresos. Existen grandes diferencias en la infraestructura de salud pública, veterinaria y médica y capacitación entre los países desarrollados y en desarrollo. Se requiere la colaboración entre diferentes países, para prevenir estas enfermedades, los virus no los paran las fronteras. La comprensión de la relación entre los cambios ambientales, la dinámica de la población de vida silvestre y la dinámica de sus microbios se debe empezar a usar para pronosticar el riesgo de infección humana con zoonosis.

Las enfermedades zoonóticas, por definición, deberían ser una misión clave de las agencias de salud humana, las autoridades agrícolas y los productores, y los administradores de recursos naturales, todos trabajando cooperativamente. Inversiones sustanciales en cada uno de estos sectores son esenciales porque los cambios ecológicos y sociales en todo el mundo que permiten la aparición de enfermedades infecciosas están aumentando a un ritmo sin precedentes. La integración de los esfuerzos y la coordinación de los recursos presupuestarios para la prevención y el control es claramente un desafío que los gobiernos, tanto locales como nacionales, deben enfrentar, y la creación de capacidad para sostener estos esfuerzos podría ser el mayor desafío de todos, como se ve hoy en día. La deforestación y el cambio drástico a nuestros ecosistemas está ligado de manera central a las enfermedades emergentes.

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