El Heraldo
Opinión

La ‘dama’ Guajira en crisis

Es hora de reaccionar porque la Guajira está en manos del ego que produce ceguera, pero hay que seguir despertando a nuevas realidades.

¿Qué está afectando a La Guajira? La respuesta sería común para muchos, circularía entre corrupción, desnutrición, desigualdad social, olvido estatal e indiferencia social; y no tengo ningún argumento que pueda debatir tal postura, pero sí una situación por sumar a esta lista de respuestas, no con la intención (exclusiva) de problematizar, sino con el interés de sembrar esperanza en medio de tanto caos.

Considero que lo que está afectando a La Guajira, entre muchas cosas, es también la deshumanización o “desguajirización en la que hemos caído, por omisión o acción, por mediocridad o por despiste, por ego, necio o ambición desenfrenada. ¿Qué es entonces la “desguajirizacion”? El no vivirnos como hermanos y hermanas, el dejar fluir más la envidia que el amor, recuerdo que desde niña me enseñaron a decirle tío, tía o primo a los amigos de mis padres y a sus hijos, que mis vecinos podrían llamarme la atención con la misma autoridad de mis padres y que los de mi edad eran como mis hermanos, que los logros de los demás los vivíamos como propios, que cuando un guajiro se encontraba con otro en cualquier parte del mundo se abrazaba como si fuera la única oportunidad que tenía de hacerlo, que ayudaba al otro porque guajiro que se respete es buena gente.

Sé que me arriesgo a que algún lector me juzgue de fatalista o exagerada, pero, lastimosamente, ya la “guajiridad” amorosa no es la regla sino la excepción, y por eso es hora de que cada persona deje de señalar a los demás y comience a reinventarse desde el amor, la paz espiritual, la generosidad y la solidaridad, que no sea tan difícil vivir en comunidad (genuina) no aparente.

Cosificarnos como entes no “sentipensantes” es la peor desgracia que puede ocurrirle a La Guajira, porque entramos en una desnutrición crónica de valores, en un vicio irremediable de envidias, en una corrupción eterna de sentimientos y en una condena inamovible de subdesarrollo; pues bien, sabemos que el desarrollo no está en el cemento que cubra nuestros pueblos, sino en la evolución humana integral de las comunidades, familias y personas; eso es rehumanizarnos y retornar a ese universo de la guajiridad, donde lo que le pase a uno le pasa al otro, donde se celebran los triunfos como compadres, mopris, hermanos de causa y se afrontan los problemas unidos y fortalecidos como cactus en pleno desierto que por más adversidad se mantienen imponentes y firmes.

La Guajira merece sanarse de una enfermedad que impacta su realidad política, social y cultural; el ego (desenfrenado) que impide acciones humanizadas, pareciera que el poder solo se aplicara a la ambición (egoísta y peligrosa) y no a la del servir y apoyarse mutuamente, para que los logros no sean particulares sino colectivos; querer el bien común no implica aplazar los logros propios, por el contrario representa preparar el camino para el bienestar de sí mismo y de los demás, ojalá que el miedo no nos siga lapidando sueños, porque estoy segura que cuando alguien hace todo lo posible por truncar los proyectos de otros, no es otra cosa que inseguridad.

Es hora de reaccionar porque La Guajira está en manos del ego que produce ceguera, pero hay que seguir despertando a nuevas realidades para que no mueran las esperanzas. Creo que una minoría ya lo está logrando como diría Eduardo Galeano: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”. Reinvéntate pueblo.

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