El Heraldo
Opinión

Arte-dinero, Amira, costeños

Lo que se preguntan por ahí

¿Se parecen el arte y el dinero? Carlos E. Pinilla V., B/quilla
Después de discurrir, creo que sí, pero solo porque con los dos vivimos mejor. 

¿Por qué a los artistas asiduos de La Cueva no les gustaba Amira de la Rosa? Josefina Foronda, B/quilla
Referí alguna vez que Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor la alabaron con cierta tibieza, que Ramón Vinyes lo hizo con un poco más de calor y que Cepeda Samudio la ignoró por completo, aunque hay una alusión suya a Amira, solo para rectificarla, cuando en su texto “Barranquilla y la historia”, apuntando a que la ciudad no intervino en las guerras de independencia, sin nombrar a Amira, autora del himno de la ciudad, dice: “Aquí lo absurdo del verso de su himno ‘Barranquilla procera e inmortal’ ”. Además, el francés Jacques Gilard, moderno pontífice de las letras colombianas, en su ensayo “Ser escritora en Colombia…”, se va lanza en ristre contra Amira con razones que no pueden desconocerse, aunque al final muchas resulten injustas y arbitrarias. Quizá tanta percepción negativa se deba a que en sus textos Amira se había aventurado en formas menores y obsecuentes, como los perfiles biográficos y las loas al paisaje, que le habían bastado para llamar la atención y obtener un reconocimiento efímero o fácil, y una proyección, duele decirlo, que, exceptuando los triunfos fulgurantes en España de Madre borrada y de Piltrafa, dos de sus obras de teatro, no fueron más allá de ciertos círculos de Barranquilla, de Cartagena y de Bogotá.

¿Es cierto que al final de cuentas ustedes los costeños son nostálgicos? Édgar Correa F., Bogotá
Lo somos. Si consideramos que al ser la música la mayor expresión cultural de la Costa, parte de ella, incluso de la más alegre, expresa lamento o tristeza, como vemos en el título Lamento náufrago, de Rafael Campo Miranda, o en Grito vagabundo, de Guillermo Buitrago, en la que hay versos pesarosos: “Cómo me compongo yo si vivo triste,/ cómo me compongo yo, me duele el alma”; Escalona, en La molinera, dice: “Yo tengo un dolor dentro de mi corazón”, y hay muchos vallenatos afligidos, como Alicia adorada. En realidad, la Costa es un crisol de culturas, en el que está inserta la congoja de la raza negra esclavizada, que, valiéndose de la tambora y de otros instrumentos, convirtió su música en diversión y atenuante del dolor. Desde entonces, la influencia negra en la Costa ha sido enorme: bailes, carnavales, mucho de su comida, la cultura del sexo… También hay que mencionar la influencia de los indígenas, taciturnos y de apariencia afligida, y la de los primeros españoles llegados, entre los que había muchos facinerosos que al cabo de cierto tiempo debían de experimentar tristeza ante la imposibilidad de regresar a su país. Esa amalgama de negros tristes, indios cariacontecidos y españoles nostálgicos influyó en nuestra idiosincrasia costeña, lo que implica que en ella hay melancolía, en tanto que su desenfado es un modo de tapar o compensar esa situación.
 

edavila437@gmail.com

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