Las plataformas digitales se han convertido en el medio perfecto para que los individuos desahoguen sus frustraciones y catalicen sus violencias verbales e intolerancias. Desafortunadamente este fenómeno ha convertido a la Web en un sitio hostil, engañoso y desagradable para muchos, lo cual también ha enrarecido el ambiente en cuanto al uso comercial de ciertas plataformas digitales. En reacción a lo anterior, muchas empresas del sector (Facebook, Twitter, Instagram, YouTube, etc.) han decidido circunscribir la libertad de expresión de sus usuarios con el fin de eliminar los supuestos discursos amorales, de odio o las supuestas noticias falsas que puedan afectar sus negocios.
Hoy en día, todas las empresas escrutan minuciosamente sus plataformas, marcas, mensajes publicitarios o contenidos digitales para que sean compatibles no solo con la sensibilidad de sus clientes, sino también con lo políticamente correcto para que no haya excluidos. Sin embargo, escogiendo entre el discurso bueno y el malo es un callejón sin salida, sin importar cuán buenas sean las intenciones. El libre mercado de las ideas siempre debería primar y parece contraproducente tratar de elegir y controlar al usuario. Las empresas no deberían moderar, filtrar o juzgar los contenidos de sus clientes, porque al hacerlo coartan el alcance de sus mismos productos y servicios, y, por tanto, reducen su mercado. Enmarcar lo políticamente correcto siempre será un falso atajo para quien se atreva a definirlo.
El creciente conflicto en torno a quién puede decir qué a quién y dónde, no es exclusivo del mundo empresarial. Las universidades también han tratado de circunscribir la libertad de expresión en sus claustros, mediante la implementación de normas “de buena conducta” o códigos morales. Todas estas demarcaciones han sido imperfectas, y han venido perjudicando el libre desarrollo y circulación de las ideas, teniendo un claro impacto negativo en la innovación y la cultura de tolerancia en la sociedad.
Algunas empresas, como Benetton, han decidido a propósito romper con lo políticamente correcto, usando la libertad de expresión –desde el sector privado– como arma política y comercial. Igualmente, cuando Nike escoge como imagen al deportista Kaepernick, pionero de las protestas sociales en EEUU contra el abuso policial hacia la comunidad afroamericana, también ideologiza su mensaje corporativo provocando reacciones encontradas. El mensaje es controvertido y ata la marca a este, pero no reduce la libertad de expresión de sus consumidores; al contrario, la estimula.
Con ello se demuestra que la libertad de expresión no solo es para los individuos, sino también para las empresas, que lo políticamente correcto puede ser fuente de inmovilismo económico, y que salirse de este puede ser una jugada comercial inteligente que electrocuta y moviliza positivamente la opinión y su respectivo consumismo.
@QuinteroOlmos








