La cotidianidad se volvió una pasarela en la que cada paso que damos es grabado y puede ser exhibido en cualquier momento; y seguro que una gran mayoría de personas, según su pirámide axiológica, aplaudirán o insultarán, porque nadie puede quedarse indiferente ante la publicación de otro. Es como si la profecía de George Orwell se estuviera cumpliendo plenamente. Y creo que esto genera en principio una triple reacción: paranoia, conciencia de autenticidad y coherencia, y la exaltación de la vanidad. Voy a referirme a esta última, porque considero que todo lo hemos vuelto un show. Vivimos como el personaje del segundo planeta de El Principito, creyendo que todos los que se acercan son admiradores, existiendo para que se den cuenta que somos los más hermosos, los mejores vestidos, los más ricos y los más inteligentes del planeta; y sin escuchar realmente a nadie.

Las lógicas de este mundo dicen que hay que “modelar” siempre, asumir posiciones de estrella, buscar los aplausos y la aprobación de los otros, voyeristas que están sedientos de nuestra exhibición. Sospecho que esto termina ocasionando el aburrimiento, la tristeza acumulada y el hastío por la vida que recorre con desgano las calles de nuestras ciudades. No existimos solo para exponernos en la superficie gozona de la vida. Estamos invitados a vivir desde valores más profundos, a ser auténticos, aunque eso nos haga perder muchos aplausos; a tener compromisos que no se agoten en los intereses más pragmáticos, a no dejar que el cinismo impulse nuestras decisiones, a preocuparnos realmente por el otro, a intentar servirle y ayudarle cada vez que se pueda.

Creo que cuando la vida se vive para mostrar todo el dinero que tenemos, esbozar nuestra falsa superioridad en cada comentario o para buscar que el otro nos admire, terminamos dando razón a aquel famoso texto del Qohélet “Vanidad de Vanidades, todo es vanidad” (Qohélet 1,2-11). Hay días en los que tenemos que aceptar que no somos los más lindos, ni nos interesa serlo, que basta con amar y dejarnos amar por esas personas tan valiosas; que luchamos por obtener los recursos necesarios para vivir dignamente, pero que eso no es lo único, ni el más importante objetivo de la vida; que hemos fracasado varias veces, pero que hemos salido de esas situaciones con más y mejores aprendizajes; que nuestra vida no es perfecta y que no queremos que lo sea.

Cuando entendemos que el sentido de todas estas jornadas que se suman formando la vida está en situaciones sublimes que nada tienen que ver con lo que brilla y pesa económicamente, entonces comenzamos a buscar en la sencillez y en lo ordinario de la vida la profundidad que hace que uno quiera seguir viviendo. No podemos existir para que otros nos admiren y nos aplaudan, tenemos que vivir para ser nosotros, para dar lo mejor que tenemos dentro, para conquistar los sueños que atesoramos mientras estamos más despiertos, para servirles a los otros y descubrir que no son ni mejores, ni peores que nosotros, sino simples humanos impulsados por una pasión de infinito. Sólo agradeciendo, siendo solidarios, no codiciando ni atesorando, podremos disfrutar todo lo que somos. No dejemos que las cámaras nos convenzan de que tenemos que vivir actuando, no permitamos que la vanidad se apodere de nuestro ser, rebelémonos contra estas dinámicas que estresan, angustian y deprimen.