Los sonidos de los pájaros entran por la ventana hasta nuestra cama. Me despierto con una sonrisa. Contemplo a Alcy dormida a mi lado y me invade una intensa emoción de agradecimiento. Me siento bendecido, y eso hace que piense una y otra vez en todas las alegrías que he recibido en mi vida gracias a la generosidad de Dios y de tantas personas. Luego repito un verso del Salmo 31 que me gusta: “Mi suerte está en tus manos, Señor”. Lo hago una y otra vez porque me hace pensar en aquello que no puedo controlar, en lo que me desborda y me asusta, en lo incierto que puede generarme ansiedad.
No tiene sentido vivir desde el odio, el resentimiento o la venganza. Esas emociones solo producen violencia, y la violencia lo incendia todo. Por eso dejo que me llene la gratitud. No es momento de pensar en lo que me falta, ni en las personas que buscan dañarme, sino en aquello que ya está en mi vida y la hace completa.
Estar agradecido implica compromisos concretos, entre ellos, luchar para que todos vivamos dignamente, esforzarme para que otros tengan las mejores condiciones para realizarse como personas, construir puentes entre quienes han permitido que las diferencias los distancien y los hagan vivir como enemigos, buscar palabras capaces de sanar las heridas que deja la convivencia, sabiendo que siempre será mejor reconciliarse que permanecer en la amargura, y por último, hacer que el amor sea lo que nos vincule y no la indiferencia, que tanto daño produce.
De pronto suena la alarma. Había olvidado apagarla y su ruido estresante recorre los rincones de la habitación para recordarme que, aunque es domingo, hoy debemos hacer algo importante. Alcy se mueve con cierta molestia porque el ruido la ha despertado, pero cuando me ve, sonríe y me da un beso. Ella también sabe que es día de elecciones y que hay que salir a votar temprano.
Votaré desde la emoción del agradecimiento que me ha sobrecogido. No creo que mi país sea lo peor, tampoco que sea perfecto. No creo en el odio como motor del desarrollo. Creo en el esfuerzo, en la disciplina, en las oportunidades. Siempre me anima la posibilidad de incluir y construir juntos.
Es obvio que mi voto es secreto. Ni siquiera Alcy sabe por quién votaré, a pesar de que hemos discutido -casi como analistas- las propuestas y compartido nuestras posiciones más existenciales y políticas. Me levanto, cepillo mis dientes, me lavo la cara y vestido con mi bata voy a la cocina para preparar el desayuno y seguir orando por este país que siempre merece el mejor de los futuros. Ahí vuelvo a decir: “Mi suerte está en tus manos, Señor” (Salmo 31,15).
@Plinero








