Durante años el cambio climático se abordó como un desafío ambiental, pero hoy se consolida como una fuente estructural de riesgo económico y financiero. En un entorno global marcado por shocks cada vez más frecuentes y acumulativos, los eventos climáticos están ejerciendo una presión constante sobre la resiliencia macro financiera. En Colombia, episodios recientes de lluvias intensas que han afectado corredores logísticos, producción agrícola y vivienda reflejan esta nueva realidad: el clima está incidiendo directamente en los costos, la inversión y la estabilidad de los mercados.
Lo que antes se consideraba excepcional ahora ocurre con mayor frecuencia y severidad. Más infraestructura, más vivienda y más activos productivos están ubicados en zonas expuestas, mientras los fenómenos meteorológicos se intensifican. El resultado es una acumulación y el aumento de pérdidas. De acuerdo con el más reciente reporte NatCat del Swiss Re Institute, las pérdidas aseguradas por catástrofes naturales superaron nuevamente los USD 100.000 millones en 2025 por sexto año consecutivo, alcanzando USD 107.000 millones, impulsadas principalmente por incendios forestales y tormentas convectivas severas, que se mantienen como un motor persistente de pérdidas a nivel global.
Esta tendencia no solo afecta los balances, sino que impacta la competitividad. Cuando una vía estratégica se inunda, cuando una cosecha se pierde o cuando una ciudad debe destinar recursos extraordinarios a reconstrucción, el crecimiento se desacelera y la presión fiscal aumenta. El riesgo físico se convierte en riesgo macroeconómico. En este contexto, los eventos naturales dejan de ser choques aislados y pasan a configurar un entorno de riesgo más complejo y sistémico.
A esto se suma un elemento clave: la brecha entre pérdidas económicas totales y pérdidas aseguradas sigue siendo significativa en muchas economías emergentes. Cuando esa brecha es amplia, el costo recae con mayor fuerza sobre los gobiernos, las empresas y las familias, lo que amplifica la vulnerabilidad fiscal y social. A nivel global, el 83% de las pérdidas aseguradas se concentraron en Estados Unidos, con eventos como los incendios forestales en Los Ángeles -los más costosos registrados- que generaron cerca de USD 40.000 millones, mientras que las tormentas convectivas severas acumularon alrededor de USD 50.000 millones, evidenciando la concentración y recurrencia de estos riesgos.
Por eso, el debate no puede limitarse a la emergencia, sino que exige avanzar en la integración del riesgo climático en la toma de decisiones financieras y en la planificación de largo plazo, fortaleciendo la resiliencia frente a un entorno de mayor volatilidad física y económica. Incorporar criterios de exposición y resiliencia en el desarrollo urbano, los estándares constructivos, los proyectos de infraestructura y la evaluación de inversiones contribuye a sostener el crecimiento en un contexto más exigente.
Finalmente, fortalecer la prevención, la protección y la preparación es fundamental para reducir pérdidas futuras, en línea con la necesidad de construir economías más resilientes frente a riesgos cada vez más complejos y correlacionados.








