Aunque el Plan de Ordenamiento Territorial (POT) de Barranquilla no desconoce el significado de la sostenibilidad, de la gestión ambiental, del cambio climático y de la conservación de los ecosistemas estratégicos, y hay avances que han merecido el reconocimiento internacional, no podemos negar que aún no hemos consolidado un modelo de ciudad verde. Falta mucho.
En Barranquilla se volvió no solo un sudoroso fastidio caminar por sus calles despobladas de árboles en horas de apabullante sol, sino también un ejercicio torturante laborar en espacios cerrados sin aire acondicionado.
Igual martirio resulta dormir en una habitación sin al menos un abanico y un gratificante baño previo. Este escenario se agrava porque no tenemos en la región un robusto y confiable sistema eléctrico y padecemos, de contera, el castigo de unas elevadas tarifas.
El alivio son las temporadas de vientos alisios del norte que cada vez, sin embargo, van encontrando mayores barreras para circular por las murallas de edificios que un urbanismo desenfrenado sigue levantando.
Si hay preocupación en las ciudades frías a causa de diseños que han privilegiado el cemento sobre la naturaleza, imaginémonos lo que le espera a esta ciudad tropical si no prioriza lo ambiental. Esto exige que Barranquilla Verde tenga mayor solidez y firmeza protagónica, considerando que la han antecedido instituciones todas fracasadas.
Por ejemplo, en el proceso de formulación del nuevo Pomca que entrará a regir en 2026, nos pareció inaceptable que Barranquilla Verde no hubiese exigido una comisión conjunta, pues es la autoridad ambiental de una ciudad con el mayor porcentaje territorial en el área de la cuenca hidrográfica de la ciénaga de Mallorquín y los arroyos Grande y León. El Plan de Desarrollo del Distrito plantea proteger lo que queda de bosque seco tropical. De modo que no se entiende esa ausencia.
En esta ciudad se da el contraste de sectores bien arborizados con otros llenos de andenes pelados que no mitigan las ferocidades de las altas sensaciones térmicas. A esto hay que añadir una calamidad que habla de la poca conciencia ecológica de muchos ciudadanos: patios y terrazas se han endurecido.
En el pasado han quedado aquellos patios colmados de frutales donde uno no solo podía disfrutar una siesta placentera, sino también saciarse en la abundancia de mangos, guayabas, ciruelas, papayas, peras y anones.
Todo eso es historia en una urbe obligada a ser un paradigma de ciudad verde. No es un capricho ambientalista. Es una cuestión de supervivencia. De lo contrario, seremos una insufrible caldera urbana. Un infierno de cemento.
@HoracioBrieva








