Esta semana, una vez más, el presidente Gustavo Petro volvió a ocupar escenarios internacionales para hablar de la crisis del capitalismo, del cambio climático y de la necesidad de transformar el modelo económico global. Y no está mal, el problema no es el discurso. El problema es la distancia entre lo que se dice afuera y lo que pasa adentro.

Mientras se habla de salvar el planeta ante el mundo, en Colombia seguimos sin resolver lo básico. La transición energética se defiende en foros internacionales, pero en el país los proyectos enfrentan retrasos, incertidumbre regulatoria y conflictos territoriales que no se resuelven con discursos. Se habla de acelerar la transición energética, pero en la práctica proyectos clave de energías renovables en regiones como La Guajira siguen enfrentando retrasos, conflictos sociales y falta de claridad institucional. Empresas que querían invertir hoy dudan, no por falta de interés, sino por la incertidumbre. Porque sin reglas claras, no hay transición posible. Y entonces aparece la contradicción.

Se critica el capitalismo desde micrófonos globales, pero se depende de él para sostener la economía interna. Se habla de cambiar el modelo, pero sin explicar cómo se reemplaza en lo concreto: cómo se financia el Estado, cómo se genera empleo, cómo se garantiza estabilidad. Porque una cosa es cuestionar el sistema, y otra muy distinta es gobernar dentro de él.

Aquí no hay una discusión entre derecha o izquierda, ni entre capitalismo o cambio climático. Hay una discusión mucho más básica: coherencia. Porque un gobierno puede tener la mejor narrativa global, pero sí en lo local no hay resultados, esa narrativa pierde fuerza.

No se trata de negar los problemas del modelo económico. Existen, son reales. Pero gobernar exige algo más que diagnóstico, exige coherencia. Y esa coherencia hoy no se ve. No se materializa en cumbres internacionales, sino en decisiones concretas que afectan la vida diaria de las personas. La legitimidad de un Estado no se mide por la capacidad de proponer grandes transformaciones globales, sino por su capacidad de garantizar derechos en lo cotidiano. El problema no es pensar en grande. El problema es dejar de resolver lo pequeño.

Mientras se habla del mundo, el país enfrenta inseguridad, incertidumbre institucional y decisiones que muchas veces parecen improvisadas. No hay nada más desconectado que un Estado que quiere cambiar el mundo, pero no logra ordenar su propia casa. Colombia no necesita menos ambición, pero sí más coherencia. No necesita dejar de mirar al mundo, pero sí dejar de hacerlo a costa de lo urgente.

@CancinoAbog