Es pertinente una reflexión sobre el momento coyuntural y de alta tensión en Colombia, marcado por la recta final hacia las elecciones presidenciales del 31 de mayo. El panorama político actual, reflejado en las recientes encuestas de Invamer y las dinámicas territoriales, sugiere una reconfiguración de fuerzas y un llamado urgente a la madurez de sus líderes.
Observo con preocupación cómo disputas de egos, como la recientemente evidenciada entre Paloma Valencia y Abelardo De La Espriella, prevalecen sobre la grandeza que el país exige.
El problema no es la diferencia. El problema es la forma en que se gestiona. Cuando actores que comparten una base política terminan compitiendo entre sí de manera abierta y desarticulada, el resultado no es fortalecimiento democrático, sino debilitamiento estratégico.
La fragmentación del electorado no solo dispersa fuerzas; envía un mensaje de desorden, de falta de cohesión, de incapacidad para priorizar el bien común sobre los intereses particulares.
Y es ahí donde surge la pregunta de fondo: ¿quién está pensando en el país por encima del ego? Resulta inevitable mirar hacia figuras de influencia como Álvaro Uribe Vélez, cuyo liderazgo ha sido determinante para ese sector. En momentos como este, el silencio y la distancia o reacciones ligeras, no ayudan: dejan que el conflicto crezca, se profundice y termine tomando una fuerza que luego cuesta contener.
Colombia no está para disputas de ego. Está para decisiones de altura. Duele verlo. Duele verlos atrincherados en sus egos, cuando el país necesita puentes y no trincheras.
Desde la prevención y el abordaje de conflictos, hay un principio básico: cuando las partes comparten objetivos superiores, la competencia interna debe transformarse en coordinación. No hacerlo es abrirle espacio al adversario, pero también al desgaste institucional y a la desconfianza ciudadana.
La democracia, la justicia y la paz, valores que todos dicen defender, no se construyen desde la fragmentación. Se construyen desde la capacidad de ceder, de dialogar, de priorizar.
Considero que, desde la prevención y el abordaje de conflictos, es fundamental que la competencia interna se transforme en coordinación cuando se comparten objetivos superiores. La democracia y la estabilidad institucional requieren de la capacidad de ceder y dialogar, en lugar de mantenerse atrincherados en intereses particulares. Es un riesgo que, como país, no podemos permitirnos correr.
dgcapacita@gmail.com








