“Veni, vidi, vici”, célebre frase en latín, significa “Vine, vi, vencí”. Fue utilizada por Julio César (47 a.C.) para informar al Senado Romano su rápida victoria contra Farnaces II en la batalla de Zela. Hoy se utiliza para expresar rapidez y contundencia en el logro de un éxito o una meta.
En geopolítica es ingenuo negar que hay intereses estratégicos, pero la narrativa de un ajedrecista omnisciente controlando el tablero mundial y moviendo fichas con visión total es debatible. Hay dos formas equivocadas de leer la política internacional: creer que alguien está loco o creer que tenía todo calculado. Son extremos cómodos, porque evitan pensar, y aun así generan profusos análisis. Hace poco, un documento presentaba el ordenamiento del mapa energético mundial como resultado de una estrategia de EE. UU., ejecutando con precisión quirúrgica un manual virtuoso del imperio. Todo parece encajar: Ucrania, Venezuela, Irán, Qatar, el Estrecho de Ormuz, la IA; tanto que parecen jugadas de ese manual, pero el mundo no funciona así. La geopolítica no es una partida de ajedrez con maestros moviendo las piezas en secuencia ordenada. Es más una torre de jenga expuesta a un temblor. Que EE. UU. se beneficie muchas veces del caos energético global no prueba que diseñó todo, tal vez que está mejor preparado para enfrentar y sacar réditos de dicho caos. La invasión rusa a Ucrania (valiente pueblo que resiste) no empezó como un plan energético norteamericano. Sus efectos estructurales sobre el mercado del gas no convierten la invasión en una conspiración virtuosa de Washington. Lo mismo pasa con Venezuela e Irán. Pensar que todo responde a una secuencia lineal perfectamente coordinada, implica niveles de control que ni el estado más poderoso del mundo tiene. Irán evidenció, de hecho, que hubo sobresaltos en la Casa Blanca, ante los contratiempos de una operación esperada como expedita y exitosa. La narrativa del imperio omnipotente seduce, pero no permite concluir que existe una coreografía perfecta que conduce inevitablemente a un dominio absoluto. La inteligencia, como arma, falla, y la presión doméstica tiene dinámica propia. Las grandes potencias aprovechan oportunidades, pero no controlan todas las variables. Esta tesis ignora además algo fundamental: los aliados no son fichas. Europa no es un mercado cautivo por diseño estratégico; es fruto de una reacción bajo la presión del corte de suministro de gas ruso. Qatar, Israel o Japón no son simples peones cinéticos en un tablero ajeno, tienen agendas propias, y no ejercen violencia por encargo.
La historia muestra que los planes imperiales suelen ser más frágiles de lo que parecen en el papel, y que a todos les llega su Waterloo. Pensar que todo estaba fríamente calculado no es acertado, tampoco que todo es caos irracional. Trump no es loco, pero tampoco el arquitecto maestro de una estrategia perfecta para controlar todos sus frentes de interés. Si lo fuera ya hubiera reportado su propio “Veni, vidi, vici”.
@achille1964








