El testamento de Ann Lee ofrece una mirada singular sobre una figura fuera de lo común como fue la líder religiosa que dio origen a los Shakers en el siglo XVIII. Dirigida por Mona Fastvold, la película —con Amanda Seyfried en el papel de Ann— se aleja de las fórmulas convencionales, tomando riesgos narrativos que a ratos funcionan, pero en otros tropieza con algunas secuencias reiterativas. Aun así, su valor reside en desafiar estructuras complacientes y ofrecer una visión intensa de la fe y la utopía.
La historia, narrada por Mary (Thomasin McKenzie), reconstruye la infancia de Ann en Manchester y su tránsito hacia un fervor que desborda la liturgia tradicional. Expuesta desde joven a experiencias extremas, la protagonista encuentra en el movimiento de Jane Wardley (Stacy Martin) y su esposo James (Scott Handy) una corporeidad expresiva, los “shakers”, que canaliza el éxtasis que no logra traducir en palabras. De ese impulso nace también su convicción de que Cristo podría retornar en forma femenina, una idea que explica su prédica por la igualdad espiritual.
Tras un episodio traumático como esposa y madre junto a Abraham (Christopher Abbott), Ann asume y predica el celibato; su hermano William (Lewis Pullman) se convierte en su aliado, y la trama sigue el traslado del grupo hacia América. Allí uno de los integrantes, John Hocknell (David Cale), decide aportar el terreno para poner en práctica la comunidad. La devoción y la austeridad congregan seguidores, que la empiezan a llamar “Madre”; pero la misma visibilidad también atrae acusaciones de traición y brujería, reflejo de la desconfianza histórica hacia mujeres que cuestionan el orden establecido.
La directora opta por una puesta cercana al musical para realzar las intensas expresiones físicas del culto. El movimiento corporal es aquí lengua y liturgia, y la adaptación musical de Daniel Blumberg subraya esa dimensión orgánica y ritual. La directora consigue transmitir tanto el radicalismo de la doctrina como la pasión persuasiva de Ann, defensora de una comuna igualitaria donde se comparten los bienes y se busca aislarse del mundo para sobrevivir según principios propios.
Esa potencia moral choca con la limitación práctica del analfabetismo que se le atribuye, un hecho que sugiere que gran parte de la memoria sobre su figura se sostiene en la tradición oral, entre devotos y detractores. El metraje podría beneficiarse de una edición más concisa, pero resulta imposible no reconocer la intensidad de las actuaciones y la cuidada recreación de época.
La cinta se presentó en el Festival de Venecia y actualmente circula en salas comerciales.
@GiselaSavdie


