Cuando reviso mi vida, celebro que siempre me he podido restaurar y levantar. Los golpes que he recibido no me han dejado en el piso. Y creo que eso es lo que celebro en este Domingo de Resurrección: que la muerte no tiene la última palabra, que siempre se abre una grieta de luz que ilumina la situación. No como negación del dolor, sino como su transformación. La vida no se queda en la cruz. Algo siempre puede renacer, incluso después de lo más oscuro. No necesariamente como estaba antes —eso sería como negar que la vida es dinámica—, pero sí con una profundidad nueva.
El Domingo de Resurrección es la posibilidad de creer y de vivir que la muerte no es la última palabra en la vida, que siempre hay más.
Eso es lo que trato de comunicar todos los días en cada una de mis acciones públicas y privadas: que no somos de acero, que somos vulnerables, pero que estamos impulsados por una fuerza interior que nos lleva más allá de los límites de las adversidades, la frustración y el dolor. Eso es lo que comparto en mi libro: “Romperme fue solo un comienzo”. Una invitación a la esperanza, a la restauración.
Pero esa restauración no es mágica. Exige un trabajo arduo y decidido de nuestra parte. Tenemos que reconocer la fragilidad y trabajar en ella; tenemos que agradecer y concentrarnos en todo lo bueno que tenemos para hacerlo crecer; tenemos que buscar generar sinergias que nos permitan construir redes de contención y de ayuda eficiente.
En el caso de Jesucristo, es la fidelidad que muestra a su opción de vida en todo el proceso injusto de juzgamiento que lo lleva al patíbulo. Ahí mostró su entereza. Esa fidelidad es la que tenemos que vivir a diario para podernos restaurar. El Padre Dios responde con fidelidad a quien, a pesar de todo, le ha sido fiel, siéndolo a sí mismo.
Esto lo digo porque la experiencia de restauración no es gratuita. Nada cambia por acción mágica. Cambia porque se toman decisiones que hacen que las cosas cambien. Hay que tener cuidado de no caer en una falsa esperanza, que espera que suceda lo que no se está construyendo.
A veces me asusta ver tanta gente esperando que las cosas cambien en su vida y en la sociedad, pero no tiene una militancia concreta y activa en los procesos de cambio. La Resurrección es una invitación a la esperanza, pero no a una esperanza mágica, sino a la que se construye desde el amor, la responsabilidad, la fidelidad a los valores y la acción.
¿Qué quieres que cambie en tu vida personal y en la sociedad? ¿Qué estás haciendo para que eso suceda? Te aseguro que es necesario rezar, pero no basta con rezar.
@Plinero


