Esta semana pasó algo histórico: un jurado en Los Ángeles dijo que Facebook, Instagram y YouTube sí deben responder por el daño que le causaron a una menor. Y eso importa porque pone en palabras algo que muchos ya intuían: estas plataformas no fueron hechas solo para entretener o conectar gente, sino también para mantenerte frente a la pantalla el mayor tiempo posible. La condena fue de 6 millones de dólares. Pero lo más importante no es la plata. Es que el fallo reconoce algo más de fondo: que las redes sociales sí pueden hacer daño y que ese daño nace de herramientas creadas para volverte adicto.
Por eso este fallo importa tanto. Porque deja de echarle toda la culpa al usuario y empieza a mirar el producto. Durante años nos dijeron que el problema era la falta de control, como si estas plataformas fueran neutrales. Ellas mismas se defienden diciendo que no hacen el contenido, que solo dejan que otros lo suban. Pero el punto aquí es otro: el daño no está solo en el contenido, sino en la manera en que la plataforma te lo empuja y te amarra a seguir.
Detrás del scroll infinito y de esa cadena de videos que sigue sola, uno tras otro, sin darte tiempo ni de pensar si quieres parar, hay decisiones pensadas para retenerte. ¿Quién no ha terminado sentado en su sofá viendo durante horas contenidos hechos casi a la medida de lo que le gusta, sin darse cuenta de cuánto tiempo pasó? Y eso es lo que hace histórico este caso: que empieza a desnudar el negocio de una industria que creció quedándose con la atención de todos nosotros.
En este caso todo eso tenía nombre propio: una menor que, según se mostró en el juicio, pasó de usar el celular a vivir atrapada en él. Y ahí estuvo buena parte de la fuerza del fallo: en dejar claro que detrás del scroll, de los videos infinitos y de las alertas permanentes no hay solo tecnología, sino una vida real afectada. Una niña que no terminó enganchada por casualidad, sino dentro de un sistema hecho para eso, y que acabó sufriendo un deterioro emocional serio.
Aquí no se trata de caer en el cuento fácil de que las redes son malas y punto. No lo son. Sirven para acercar gente, compartir y aprender. Pasa como con el trago: en ciertos contextos puede acompañar una buena conversación, unir una pareja o celebrar una amistad. El problema empieza cuando el producto deja de estar al servicio de la vida y la vida empieza a girar alrededor del producto y terminan aislándonos más.
Por eso ojalá esta condena no se quede en una multa más. Ojalá no termine siendo apenas otro costo de hacer negocios para empresas gigantes. Ojalá sirva para algo más importante: obligar a las plataformas a devolvernos el tiempo. Tiempo de infancia. Tiempo de descanso. Tiempo de conversación. Tiempo de estar presentes. Ya va siendo hora de exigir que nos devuelvan algo de ese Tiempo.
@MiguelVergaraC


