Los partidos de preparación siempre deberían producir beneficios, si el entrenador y los futbolistas son capaces de tener la capacidad de analizar con la necesaria autocrítica lo bueno y lo malo que arrojó el ensayo. No debería ser el resultado el primer y mucho menos el más contundente argumento. Ni siquiera aquellos estrepitosos y tampoco los favorables por amplia diferencia. En ningún caso hay puntos, clasificación o eliminación.
Así que el verdadero objetivo se logrará dependiendo de la serena, pero rigurosa evaluación, de la calidad y valentía de las decisiones y de la conservación de las convicciones, pero eludiendo la tozudez. Hago esta breve reflexión general alrededor del tema de los partidos preparatorios para dejar una rápida mirada del comportamiento de la selección Colombia ante la de Croacia. Lo bueno, su primer tiempo.
El concepto de bloque, de estar cerca para darle seguridad a la posesión del balón y también para recuperarlo fue el trazo grupal más relevante. Ante un rival del nivel de Croacia, más allá de algunas variantes en su nómina titular, se vio concentrado, ordenado y sin timideces para participar en la circulación y la recuperación de la pelota.
Le faltó, eso sí, jugar más entre líneas para dar más pases hacia adelante para penetrar, y más desbordes para ganar el fondo y acercarse más veces al gol (en ese primer tiempo aparte del gol, solo dos más).
Ahora, a esa buena postura colectiva le hicieron falta algunos mejores aportes individuales. Sobre todo, los que han sido importantes en el ciclo de Néstor Lorenzo: Ríos, James, Arias, Muñoz.
Los fallos de Suárez, Vargas y Lucumí en jugadas de valor gol, los precisos pases de Quintero en medio del desorden después de ocho sustituciones, algunos lances de Arias el lateral derecho, la presencia en el área de Córdoba, aunque sin puntería... en fin, todo merece revisión y ajustes. Es el momento. Y ese es el trabajo de Lorenzo y sus asistentes.


