Santa Fe es, tal vez, el equipo más obstinado de la liga colombiana. Su carácter y estilo están liderados por todo aquello que tiene que ver con la voluntad. Están convencidos de que el esfuerzo es su mayor virtud. No desean enamorar a neutrales con un juego atildado y de refinada estética.
Su propósito es jugar con determinación y generosa entrega. Con una organización básica y gregarismo a toda prueba. Cuatro defensas sobrios, de buen juego aéreo, rechazadores y Mafla, su lateral izquierdo, con intervenciones positivas en ataque.
Con Toscano, un joven mediocampista que le agregó más dinámica y orden a esa zona, al lado del veterano Daniel Torres, un socio de todos. El incansable ida y vuelta y zigzagueo constante de Frasica, las dosis de calidad, apenas a cuenta gotas, de Facundez y Bustos. Y, sobre todo, la eficacia e intervenciones salvadoras de su arquero Mosquera Marmolejo y el ejemplar liderazgo de Hugo Rodallega, quien conserva su entrañable lazo de amistad con el gol. Amistad que se hace más notoria en los momentos más apremiantes.
Junior no tiene la energía colectiva de Santa Fe, pero, a mi juicio, cuenta con mejores soluciones individuales.
En calidad y cantidad la capacidad de desequilibrio en fase ofensiva que Junior expone puede superar desconexiones grupales. Y en estas instancias suele incrementar su interés por la colaboración con y sin el balón.
Sigue teniendo a Silveira salvador como en la final del año pasado, y aun espera que surja otro iluminado Enamorado. O el equipo. Sus hinchas están ahí, con algunas dudas, pero queriendo sostener las ilusiones. Ellos saben que esas no se negocian. Porque saben que ellas son las que ayudan a despertar infinitas expectativas.








