Hay momentos en los que, por sensatez y educación, la discusión pública debería moderarse, tomar aire o incluso callar del todo. Luego de una tragedia, y especialmente frente a quienes la padecen, conviene mostrar compasión y respeto antes de emitir cualquier juicio u opinión. La muerte de Kevin Acosta, un niño de siete años, ocurrida en medio de dificultades para acceder a un tratamiento médico indispensable, es uno de esos momentos.
Lo que sucedió es difícil de entender. La reacción oficial fue apresurada, más concentrada en defenderse y justificarse —con cálculo político— que en mostrar algún tipo de acompañamiento y comprensión hacia la familia afectada. No se trataba aquí de establecer culpas ni de reemplazar a los jueces, al menos no por ahora. Se trataba de algo más básico: cuando una madre pierde a su hijo, la primera respuesta esperable no es la argumentación técnica, sino el reconocimiento explícito del sufrimiento. Las explicaciones pueden venir después.
En 2016, cuando el Reino Unido se encontraba profundamente dividido por la campaña del Brexit, el asesinato de Jo Cox obligó a suspender la contienda. Las diferencias no desaparecieron, pero se impuso la idea de que el duelo tenía precedencia sobre la disputa. Ese gesto no resolvió el conflicto político, aunque sí recordó que incluso en medio de la confrontación existen prioridades.
No es casual que un pensador como Adam Smith, a quien nadie podría señalar como un filósofo proclive al sentimentalismo fácil, sostuviese en La teoría de los sentimientos morales (1759) que la vida moral comienza cuando somos capaces de imaginarnos en la situación del otro. Esa «simpatía», como la llamó, no es una concesión emotiva, sino el fundamento mismo de la civilidad: la capacidad de dejar que el dolor ajeno modere nuestras palabras y nuestras decisiones.
A lo largo de los años hemos intentado discutir programas, cifras y propuestas. Pero no solo se eligen planes de gobierno; también se decide un talante institucional. El liderazgo que desprecia la pausa y se refugia exclusivamente en la defensa termina configurando una forma de gobernar en la que la justificación permanente desplaza todo lo demás.
Por eso conviene observar con atención estos episodios como señales que anticipan comportamientos. La manera en que se ordenan los intereses —si primero aparece la excusa y la evasión de la responsabilidad— dice algo sobre cómo se ejerce el poder y cómo se entienden sus límites. En algún punto, cada ciudadano debe decidir qué tipo de talante considera aceptable en quien ejerce autoridad. Ese momento se acerca.
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