Inteligencia, del latín intelligentia, deriva de intelligere: entender o percibir. Está compuesta por inter (entre) y legere (escoger). Describe la capacidad de leer entre líneas o escoger entre opciones. Nos permite comprender problemas y resolverlos con discernimiento y elegir la mejor opción. Fue introducida por Cicerón, quien la usó para el concepto de capacidad intelectual.
En su análisis sobre liderazgo en la era de la IA, McKinsey reta al frenesí tecnológico al afirmar que la IA no elimina la necesidad de líderes humanos, si no que la vuelve más exigente. Si hay máquinas más capaces, más tangibles deben ser las capacidades del ser humano. Dice McKinsey que la IA examina, pronostica, perfecciona y ejecuta con velocidad y consistencia imposibles para las personas. Pero no fija aspiraciones colectivas, no ejerce juicio moral ni construye confianza cuando hay ambigüedad. Procesa información, pero no asume el peso de una decisión que afecte vidas y futuros. De cara a las elecciones, si aplicamos ese argumento del mundo corporativo al político, la figura de presidente de la República encaja perfectamente. Gobernar no es administrar un sistema cerrado ni maximizar indicadores. Es tomar decisiones cuando no hay buenas opciones, interpretar silencios sociales, asumir costos personales y responder, legal y moralmente, por las consecuencias. Así las cosas, la IA no puede ser presidente, no puede estar en el tarjetón como candidata. Carece de responsabilidad ética, no responde ante el dolor colectivo, no comprende símbolos ni contextos históricos, no pide perdón ni asume culpas. Puede sugerir cursos de acción, pero no hacerse cargo de ellos. ¿Qué ocurre cuando el liderazgo humano renuncia a las capacidades que lo diferencian de la máquina, cuando no fija aspiraciones claras, evita juicios, gobierna desde el impulso y cálculos ligeros, erosiona la confianza y reduce acciones a una retahíla de reacciones? Pues que la comparación deja de ser ilógica, no porque la IA esté lista para gobernar, si no porque el liderazgo humano se degrada rayando en lo prescindible. La IA no improvisa para agradar, no miente por conveniencia emocional y no confunde popularidad con verdad. No tiene empatía, pero tampoco ego. Esa coherencia, aunque fría, resultaría atractiva si la incoherencia humana se vuelve costumbre. Propone así líderes más humanos, capaces de soportar tensiones, de decidir con información incompleta, de pensar en horizontes largos y de proteger lo que no se puede optimizar. El liderazgo no se legitima compitiendo con la IA, sino ejecutando con disciplina lo que ella no puede imitar.
La IA no puede ser presidente, pero sí exige mejores presidentes: con juicio, límites y comprensión de que gobernar no es ejecutar algoritmos sino cuidar una comunidad. Si falla, el problema no es tecnológico sino humano. En el tarjetón no estará la IA, pero habrá unas opciones mejores que otras, usemos la inteligencia para “escoger entre”; de eso depende el futuro del país.
@achille1964








