La palabra espurio viene del latín spurius: hijo de padre no conocido. Los romanos usaban las dos letras iniciales S.P.: Sine Pater, hijo que no proviene de un iustum matrimonium (nacido fuera del matrimonio). O que teniendo padre no podían nombrarlo, por ser fraile, clérigo, pariente de la madre o fruto de adulterio. Hoy espurio significa falso, falto de legitimidad, engañoso, no auténtico.
La escalada del precio del gas natural en Europa no es ya noticia de mercados energéticos: es una advertencia política y económica. Con reservas decrecientes en países como Francia y Alemania, el continente vuelve a sentir lo oneroso que resulta ceder soberanía energética en nombre de la transición o por complacencia regulatoria. Europa no carece de tecnología y menos de capital, pero, peor aún, perdió capacidad de decisión. Al depender de importaciones, el precio del gas se ató a tensiones externas, clima, conflictos lejanos y logística. El resultado: volatilidad e inflación energética. Colombia ya no está aislada de este fenómeno pues el país importa el 20% del gas usado diariamente, así que se expone a precios internacionales. El gas que llega a la planta de Barú, que ha salvado al país de racionamientos prestando sus servicios de regasificación a importadores, no está protegido por estabilidad macroeconómica ni por prudencia fiscal; está indexado a precios de acontecimientos distantes. Un centavo que suba el gas en esos mercados se traduce en mayores costos para nuestra generación eléctrica, industria, fertilizantes y transporte. Antes resolvíamos con producción nacional, hoy dependemos de barcos, contratos de corto plazo y tensiones externas que muchas veces ni conocemos ni controlamos. La lección es clara: la soberanía energética no es ideológica, es económica. No es negar la transición, es entender que minar la producción local sin reemplazo firme es exportar estabilidad de precios e importar incertidumbre. Si se insiste en reducir autosuficiencia sin tener una estrategia de reemplazo, el problema no será ambiental, sino social y fiscal, pues cuando la energía se encarece la paga el ciudadano. En cuanto a EE. UU., gran exportador, el precio ha subido más del 80% en seis meses, por olas de frío ártico, recordatorio incómodo de la fragilidad de la seguridad energética incluso para la mayor potencia productora del mundo. Temperaturas extremas y riesgos de congelamiento bastaron para tensionar los precios del gas en Texas, y Colombia importa gas principalmente de EE. UU. La energía barata y disponible no está garantizada y recordemos que la soberanía energética no es una frase de campaña, es una póliza contra la volatilidad. Europa aprendió la diferencia a las malas.
En Colombia el gas se agota cada día aumentando las costosas importaciones y la producción de petróleo/día cae. Con voluntad y disciplina estaríamos a tiempo de evitar la lección, pero no lo lograremos si se sigue imponiendo una transición energética con argumentos espurios.
@achille1964








