“Para millones de iraníes las heridas metafóricas de sus nostalgias han sido amplificadas por 47 años de heridas reales. Una nación con 2.500 años de civilización reducida a un estado paria, mentes brillantes ejecutadas o pudriéndose en prisiones, mujeres empujadas a las sombras o rutinariamente enjauladas en vanes por canallas inmorales que posan de guardianes de la moral.”: Roya Hakanian, poetisa iraní.
El próximo 1 de febrero se cumplirán 47 años del regreso triunfal a Teherán del Ayatola Jomeini. Irán tenía personalidades y grupos de poder de un amplio espectro político y religioso. La tragedia de ese día no fue la caída del régimen del Sha. Por sus métodos represivos y por su afán modernizador occidentalizante, Mohamed Reza Pahlavi había ido acumulando la enemistad de casi todos esos actores: laicos, liberales, religiosos moderados y bazaríes (los del bazar), hasta fedayines marxistas, y muyahidines islamistas. Lo trágico fue que su sucesión haya caído en manos de la variante teológica más recalcitrante del chiismo Iraní.
Sí, la religión era un aglutinante común en ese caleidoscopio de opositores, pero para que éste terminara convergiendo en alguien como Jomeini, quien se negó a agregar la palabra “Democrática” al nuevo nombre de la nación, contó con algunas malas pasadas de los duendes de la historia. Entre ellas que Zbigniew Brzezinski, Consejero de Seguridad Nacional del presidente Carter, por su línea dura de apoyo al Sha frenó la iniciativa del Departamento de Estado de negociar con los segmentos moderados de la oposición; y que el Sha, al presionar para que Jomeini fuera expulsado de Irak donde su accionar estaba muy controlado por Hussein, terminó empujándolo a refugiarse en Francia, donde encontró libertad, apoyo intelectual y acceso a tecnología para comunicarse fluidamente con sus seguidores.
Para los Ayatolas las guerras contra judíos y cristianos no terminan y su financiación a costa del bienestar del pueblo les está pasando factura. Pero hay que resaltar el levantamiento de 2022, a raíz del asesinato de la joven Mahsa Amini a mano de la “Policía de la Moral”, liderado por abuelas y nietas y sofocado a sangre y fuego. Abuelas que vivieron la pérdida de la libertad que habían conseguido antes de 1979 y nietas que ya no están dispuestas a soportar la opresión vivida por sus madres. Eso explica el grito para la historia de una abuela ensangrentada cuando el régimen amenazó nuevamente con masacrarlas: “Que me van a matar, ¡si ya me mataron hace 47 años!”
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