Triste y cierto, casi tres mil años después de que lo afirmara Tucídides, general y historiador ateniense.
Es cierto porque es verdad que cuando se impone la voluntad del fuerte, son los frágiles los que más sufren. Sin la protección del estado de derecho, del imperio de la ley, los más vulnerables no tienen como defenderse de las feroces dentelladas de los poderosos. Ahora, el único sistema político que tiene el principio de igualdad frente a la ley como columna vertebral, el único en que impera la ley y no la voluntad desbordada del gobernante, es la democracia. Y desde la emergencia de la democracia, se estaba construyendo un nuevo orden en el que predominaba la norma jurídica, común para todos, y no la ley del más fuerte.
Es triste también porque después de varias décadas de avances, las evaluaciones para el 2024 del IDEA, marcan una erosión del sistema democrático en el 55% de los países examinados. Retrocede la democracia de la mano del populismo de todos los colores.
El asunto es tan grave que el que debiera ser el líder democrático de Occidente, el presidente de los Estados Unidos, no teme decir de sí mismo que es “un dictador”. No lo es, pero después de su declaración de Davos queda clarísimo que quisiera serlo. Y no lo es porque no puede, porque en su país no se lo permiten, lo que ratifica la importancia de contar, allá como acá, con instituciones fuertes, capaces de cumplir su papel de freno y contrapeso del frecuentemente excesivo poder presidencial.
Que a Trump no le de vergüenza identificarse a sí mismo como un dictador dice mucho del deterioro democrático global y del propio Trump. Explica también su simpatía por Putin, su comportamiento de matón de barrio y su desprecio por las alianzas que se construyeron a partir de la Segunda Guerra Mundial en torno de los Estados Unidos.
Es preciso, sin embargo, hacer algunos reconocimientos. Trump también ha dejado en evidencia las insuficiencias del derecho internacional y las miserias de muchos organismos internacionales. En efecto, los alegatos de la izquierda a favor de una soberanía abstracta y de una teórica capacidad de acción internacional consensuada son patentemente hipócritas y una excusa para preservar el status quo. Nada hizo la comunidad internacional por la democracia en Cuba, Nicaragua o Venezuela, a pesar de la Carta Democrática Interamericana. Con base en el alegato “soberano”, un grupito minúsculo de comunistas han detentado el poder sin límites, han violado sistemáticamente los derechos humanos de sus poblaciones y han sometido a la pobreza y al hambre a la inmensa mayoría de sus habitantes.
Puede ser que los únicos intereses de Trump sean económicos y geoestratégicos, pero sin él Maduro aún seguiría en Caracas. Más temprano que tarde, la transición a la democracia en Venezuela será una realidad. Como lo será también la caída del espanto habanero, casi 70 años de represión, violencia y hambre. No es poca cosa. Si además algún día colapsa la teocracia terrorista de Irán, será mucho lo que el mundo tendrá que agradecerle al troglodita.
@RafaelNietoLoaiza








