Cada enero trae consigo una promesa silenciosa que muchos repetimos casi de manera automática, más por costumbre que por convicción: “este año sí”. Este año sí voy a ahorrar, sí voy a cambiar de trabajo, sí voy a cuidarme, sí voy a dejar de postergar lo importante. Sin embargo, a medida que avanzan las semanas, esa declaración de intención suele diluirse entre la rutina, las obligaciones y una lista de metas que, aunque bien intencionadas, pocas veces dialogan con nuestra realidad interna.

En ciudades como Barranquilla, el inicio del año no solo llega con propósitos personales, sino con preocupaciones muy concretas: deudas acumuladas, inseguridad, presión económica y un cansancio emocional que no siempre se nombra, pero que condiciona la forma en que prometemos, decidimos y postergamos. En ese contexto, la procrastinación se vuelve una compañera frecuente. No procrastinamos por falta de voluntad, sino porque nos proponemos cambios desde la exigencia y no desde la conciencia. Queremos resultados distintos sin revisar desde dónde estamos viviendo.

El autoengaño del “este año sí” también se alimenta de la repetición de frustraciones. Cambia el calendario, pero no siempre cambia la manera en que nos tratamos, nos organizamos o enfrentamos lo que nos duele. Hacemos listas extensas de objetivos, pero pocas veces nos preguntamos si tenemos el equilibrio emocional, el acompañamiento o la claridad interna para sostenerlos. Muchas de estas metas nacen más de la autoexigencia que del deseo genuino de bienestar. Así, enero se llena de expectativas y febrero empieza a cobrar la factura del desgaste.

En el plano colectivo ocurre algo similar. El reciente aumento del salario mínimo en Colombia, superior al 23 %, ha generado alivio y esperanza en muchos hogares. Para otros, representa apenas un respiro frente al alto costo de vida. Más allá de la cifra, el anuncio deja una pregunta de fondo: ¿cuánto cambia realmente la vida cuando las tensiones internas, la incertidumbre y la sensación de inestabilidad siguen intactas? Como ocurre con muchos propósitos personales, los ajustes externos ayudan, pero no transforman si no van acompañados de una reflexión profunda sobre el bienestar real.

Tal vez este año no necesite más promesas, sino más honestidad. Menos metas desconectadas y más decisiones posibles. Menos autoengaño y más coherencia entre lo que queremos y lo que estamos dispuestos a cuidar, interna y colectivamente. La honestidad no siempre es cómoda ni inspiradora, pero es profundamente transformadora. Porque solo cuando revisamos desde dónde vivimos, el “este año sí” deja de ser una ilusión repetida y empieza, por fin, a tener sentido.

dgcapacita@gmail.com