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Ver a Nicolás Maduro rindiendo cuentas ante la justicia es, sin duda, el mejor fresquito que nos hemos tomado en años. No exagero. Para el venezolano que lleva el Ávila tatuado en el alma, aunque viva en Madrid, Bogotá, Santiago o Miami; para quien carga un pasaporte vencido, una cédula arrugada y una nostalgia que no cabe en el equipaje, esa imagen es un bálsamo. Es la confirmación de que la historia no siempre es injusta, solo impaciente. Y que a veces —solo a veces— llega.

Durante años nos dijeron que no había nada que hacer, que los venezolanos eran gente floja o que el mando era eterno; que la impunidad era el precio de la estabilidad. Hoy esa mentira se resquebraja. Maduro preso no borra el dolor, no devuelve a los muertos ni recompone los hogares rotos, pero rompe una maldición latinoamericana: la de los tiranos que ganan canas en tranquilidad mientras los ciudadanos las peinan esperando.

Seamos claros y sin anestesia. Maduro era la cara, el vocero torpe, el símbolo internacional del desastre. Pero el sistema tiene otro nombre, uno que suena a amenaza susurrada y a silencio impuesto: Diosdado Cabello Rondón. A diferencia de Nicolás, a él no le hacen falta cenas diplomáticas ni le quita el sueño el reconocimiento internacional. Su fuerza nunca estuvo en los votos —que jamás tuvo—, sino en los hilos que mueve entre fusiles, milicias, tribunales obedientes y una red de inteligencia diseñada no para proteger al país, sino para asfixiarlo.

Ese es el punto que muchos preferirán esquivar mañana. El riesgo es real. Un hombre así, cuando se siente acorralado, no pide cacao ni negocia una salida elegante. Su tentación es arrastrar al país entero al foso, fragmentar a Venezuela en episodios de violencia selectiva y provocar caos para que nadie pueda gobernar. No se trata de una guerra declarada, sino de algo más perverso: ingobernabilidad y terror focalizado. Maduro preso es una victoria, sí. Pero Cabello libre sigue siendo una mecha encendida cerca del polvorín.

Por eso no podemos permitirnos una prudencia que ya huele a parálisis. La transición no puede seguir siendo una promesa etérea o una hoja de ruta eterna. Venezuela necesita ya —para ayer— a Edmundo González Urrutia con la banda presidencial puesta y el mando en la mano. No es un capricho simbólico ni una consigna emocional: es una necesidad de supervivencia institucional. Un país sin autoridad oficial es terreno fértil para los violentos.

Pónganse las alpargatas y preparen la cama de vuelta. Así sea por Maicao hay que ir a reconstruir ese hermoso país. El viaje de retorno ya comenzó. Aquí en Colombia siempre serán bienvenidos. Vayan y abracen a su Constitución y a su presidente institucional y legítimo.

Luis Hernán Tabares Agudelo