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Cuando uno piensa en los villanos de La Reina del Flow, la mente suele irse directo a las armas, a las venganzas pasionales o a la ambición desmedida por el dinero y la fama. Pero la tercera temporada de esta exitosa saga promete cambiar las reglas del juego, o mejor dicho, reprogramarlas.

Aquí entra en escena Manolo Alzamora, el talento barranquillero encargado de dar vida a Jerónimo Vallejo, un antagonista que no necesita ensuciarse las manos de pólvora porque tiene algo más peligroso, un intelecto privilegiado, acceso ilimitado a la tecnología de punta y un aburrimiento crónico que solo se cura con el caos.

Para Manolo, aterrizar en esta producción fue una de esas jugadas del destino que ni el mejor guionista podría haber escrito. Estaba becado en la prestigiosa Stella Adler Academy of Acting en Los Ángeles, la cuna donde se formaron leyendas como Marlon Brando o Robert De Niro. Le faltaban apenas cuatro meses para graduarse y ya estaba montando su obra final cuando Colombia lo llamó de vuelta.

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“Yo sé que suena a cliché, pero fue casi por arte de magia”, comenta el actor al recordar cómo su vida dio un giro de 180 grados. Su regreso al país fue precipitado por su papel en Escupiré sobre sus tumbas, su primer gran proyecto actoral. La idea original era venir, grabar y regresar a California para seguir su carrera allá. Pero el universo tenía otros planes. Tras una sorpresiva participación en La Huésped, llegó a sus manos el perfil de Jerónimo para La Reina del Flow 3.

Su entrenamiento estaba diseñado para la industria norteamericana, y de repente, tenía que adaptar todas esas herramientas a un personaje complejo, lleno de matices y en su tierra natal. Hizo el casting, pasó al callback y, cuando menos lo esperaba, el papel era suyo.

Villano de generación digital

Pero, ¿quién es realmente Jerónimo Vallejo? Olvídense del matón tradicional. Jerónimo es dinero viejo y talento nuevo. Es un programador brillante y diseñador de videojuegos que ya tiene la vida resuelta en lo económico. No busca plata; busca emociones fuertes que lo saquen de su letargo existencial.

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“Jerónimo es una persona muy metódica, racional. Se mueve siempre desde la mente”, explica Manolo, quien utiliza una metáfora visual potente para describirlo: “Me gusta compararlo con un cubo Rubik, por lo precisos y quirúrgicos que son sus movimientos”.

Sin embargo, lo que hace verdaderamente inquietante a este personaje no es su habilidad con los códigos, sino su desconexión con la realidad tangible. Alzamora lo describe como alguien que “aterriza de manera digital” los mundos que imagina. Es un nativo de la nube, alguien que se siente incómodo en la dimensión de la carne y el hueso. Su hábitat es lo virtual, y es allí donde se siente poderoso.

La simbiosis con Genoveva

Quizás el aspecto más fascinante y extraño de la construcción de este personaje es su vida sentimental. O más bien, su vida “simbiótica”. Jerónimo no camina solo; lo hace de la mano de Genoveva, su esposa.

Manolo detalla que “más que una pareja romántica, parecen siameses”. La relación entre ambos es un nudo psicológico difícil de desatar para los demás, pero perfecto para ellos. Comparten cada pensamiento, cada paso y cada odio. Genoveva es la ebullición constante que complementa la frialdad exterior de Jerónimo.

“Tienen una sincronía y un entendimiento muy particular”, asegura el actor.

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El periodista detrás del actor

Para construir un perfil tan complejo, Manolo Alzamora no solo recurrió a las técnicas de Stella Adler. Echó mano de su otra gran pasión, el periodismo.

Graduado de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad del Norte, este barranquillero entiende la actuación como un proceso de investigación profunda.

“La actuación es un trabajo periodístico prácticamente”, afirma Alzamora.

Para él, recibir un guion no es solo memorizar líneas, es iniciar una reportería sobre el alma humana. “De afuera puede parecer algo etéreo o místico, pero lo principal es buscar la verdad”, dice. Y esa verdad, en el caso de Jerónimo, implicó entender cómo piensa una mente que ve a las personas como avatares y a la vida como un videojuego donde él tiene el control.

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Esta fusión de disciplinas le ha permitido a Alzamora dotar a Jerónimo de una profundidad que promete incomodar a la audiencia. No es el malo que grita; es el malo que observa, analiza y ejecuta con la frialdad de un algoritmo.

De a poco los colombianos empiezan a memorizar el rostro de este joven actor currambero.