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Arecio Castellano nació en el popular barrio San José en el mes de abril del año 67, y aunque no exista una prueba fehaciente del extraño fenómeno que ese día se manifestó, él mismo asegura que en el momento de su entrada a este mundo y a esta ciudad gozona y carnavalera su madre escuchó un fuerte repique de tambores que marcaría su sino para el resto de su vida. Su difunta madre, Sixta Tulia Castro, fue una recia afrodescendiente de origen palenquero, así que su conexión con ese instrumento afro y ritualista le vino de golpe entre las venas.

Con el tambor en la sangre. Cuenta Arecio que cuando él tenía 8 años su madre le compró un juego completo de instrumentos tradicionales, en ese tiempo mucho más grandes que él: tambora, llamador, guache, tambor alegre. 'Es que yo nací con eso, me contaba mi vieja que yo desde bien pelaíto cogía las ollas y las tapas y las empezaba a aporrear sacándoles ritmo, por eso mi vieja me compró los instrumentos'.

Arecio Castellano hoy en día, a sus 47 años, es un músico recorrido y curtido que ha explorado diversos géneros como el Bossa Nova, el Jazz, el Rock, el folclor, además de muchos otros sonidos que involucran distintas fusiones donde se mezclan texturas que van desde la más autóctona de las tradiciones y las nuevas sonoridades, sin embargo lo que realmente lo mantiene orgulloso se podría pensar que fueron sus estudios serios de música en Bellas Artes, donde su camino como músico fue marcado por maestros como Isban Dely, Paulino Salgado Batata y Einer Escaf. Tres nombres a los que invoca cuando se encuentra frente a un tambor o algún otro instrumento de percusión.

Arecio se había formado primero como economista en la Universidad del Atlántico, pero la fuerza del llamado del tambó le tenía marcada las cartas de su vida. Castellanos ha trabajado con Daniel Moncada, Francisco Zumaqué, el Pin Ojeda, entre muchos otros nombres con reconocimiento en la escena musical. Su preparación y experiencia en el mundo de la música lo terminaría conduciendo tarde que temprano a ese momento clave de devolver lo aprendido, de pasar de ejecutor, de actor principal, para ponerse al frente y donar los conocimientos adquiridos a las nuevas generaciones.

Génesis de un sueño. En el año 2000, luego de haber quedado cesante por un tiempo, Castellano comenzó a impartir clases de percusión a don Pedro del Portillo Muñoz, un respetado empresario perteneciente al Club Rotario y de este binomio nace una pequeña criatura que recibe el nombre de ‘Tambores Rotarios por la paz’, un proyecto ambicioso, que busca a través de la música llegarle a los niños y a los jóvenes de algunos sectores vulnerables y de escasos recursos, para ofrecerles nuevas posibilidades de formación y a su vez entregarles ese legado de nuestras tradiciones a las nuevas generaciones para que toda la riqueza de nuestro folclor continúe viva y tenga quien la represente.

Logros y alcances de una lucha. Arecio es el director artístico de Tambores Rotarios por la paz y Pedro del Portillo su presidente. Hasta la fecha han podido capacitar a más de 1.200 jóvenes en estos 12 años, han logrado una presencia activa divulgando su labor y ofreciendo el conocimiento de nuestra música en 22 barrios de la ciudad a niños y jóvenes entre los 8 y los 18 años. Cuenta Castellano que alrededor de 35 jovencitos que escucharon el llamado de los tambores y pertenecieron a su cabildo, hoy en día son excelentes profesionales. Alrededor de 15 de sus actuales estudiantes se encuentran becados en las mejores universidades de la ciudad y la región.

'Hemos podido arrancar a muchachos de los brazos de las drogas, de la delincuencia, de las pandillas, del ocio, con esta propuesta, que propugna por la buena utilización del tiempo libre', sostuvo Castellano.

'Yo soy de Soledad y conocí el proyecto en el Colegio Villa María hace 2 años, la verdad es que la música me gusta mucho, con ella me puedo desahogar, me puedo expresar. Esto lo aleja a uno de las malas amistades, de las drogas, sobre todo lo digo porque yo vivo en un sector pesado. Lo mejor es que he podido conocer mucho y he vivido muchas cosas bacanas con la música', dijo Darwin Ochoa Quesada, un joven de 16 años que asiste a las clase de percusión en la Casa de Juventud del barrio El Santuario, donde según Castellano ya han pasado tres generaciones de tamboreros.

Andrea Paola Maestre vive en el barrio La Sierrita y lleva 3 años aprendiendo la tradición, comunicándose como dice Castellano, a través del ‘Santo Crial’, del elemento esencial, de la pieza clave de todo este sueño, su majestad el tambor. 'Esto me distrae, me divierte, me aleja de los pensamientos negativos y a mí me gusta mucho el Carnaval, lo nuestro y todo lo que se aprende aquí', aseguró Maestre.

Dinámicas de un cabildo. Los muchachos a través de este proyecto logran una formación artística y socio cultural, que les permite el acceso a oportunidades laborales, a formación universitaria y a dinámicas económicas para ayudar a sus familias cuando ya se convierten en diestros ejecutores de los instrumentos, además reafirman su identidad cultural. 'Lo importante es que con sus conocimientos alguna vez terminen convirtiéndose en embajadores de nuestra cultura en el mundo',afirmó Arecio.

En la actualidad tienen presencia en los barrios Santuario, Siete de Abril y en el municipio de Galapa, cuentan con un profesor de canto tradicional, uno de caña e’ millo, dos percusionistas y con el director que es el mismo Arecio. La dinámica de funcionamiento del proyecto no es que resulte muy simple. El Club Rotario además de patrocinar, gestiona y administra los recursos que se consiguen a través de donaciones de empresas privadas, de allí sale el dinero para la compra de instrumentos, paga de los profesores, vestuarios, viáticos, para las ocasiones en que viajan y refrigerios, entre otros pequeños detalles que se deben afinar para que este sueño de golpe de tambores y rescate de lo nuestro continúe bien aceitado y no se detenga por nada.

Por ahora Arecio y sus colaboradores continuarán golpeando los cueros, llamando a los integrantes más jóvenes de la tribu para que se integren al ritual y abandonen el llamado de los malos espíritus, y con su iniciación en los secretos del tambor y en ese lenguaje cifrado de la música se encuentren a sí mismos, con su identidad, y con el camino hacia una vida provechosa.

Por Carlos Polo