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Atlántico redobla su apuesta por el turismo, en este caso de deportes náuticos. Avanza en Salinas del Rey, en Santa Verónica, la segunda edición del Mundial de Kitesurf que cuenta, por vez primera, con una ruta propia para promover este territorio como un destino de sol y playa, gastronomía y artesanías, hasta el 5 de marzo. Iniciativa interesante que pone en el mapa a una zona que tiene mucho para ofrecer a lo largo de todo el año, no solo en esta temporada de fuertes vientos e intenso oleaje, principal reclamo de la competición. Hasta ahí el escenario se antoja optimista. Sin embargo, pese a que la Gobernación se dio a la tarea de mejorar vías de acceso, adecuar espacios como mercados artesanales u ofertar variadas experiencias a visitantes nacionales y extranjeros, en la zona son evidentes deficiencias relacionadas con la prestación de servicios públicos. Sin una adecuada cobertura, regularidad y continuidad o, lo que es lo mismo, sin estándares de calidad, estas falencias podrían dar al traste con las buenas expectativas de los turistas de pasarla bien en un entorno natural privilegiado que, sin duda, vale la pena conocer.
Guardadas las proporciones, la encrucijada de Salinas del Rey se asemeja en buena medida a la que afronta Colombia en su ambiciosa meta de convertirse en potencia mundial del turismo. Nadie debe poner en duda que nuestro país tiene, y de sobra, incalculables atractivos para consolidarse como uno de los destinos más visitados del planeta. Además, es incuestionable que tras la pandemia el turismo regresó con una fuerza imparable que debe ser aprovechada al máximo. Datos de la Asociación Nacional de Agencias de Viajes y Turismo (Anato) confirman que en 2022 el transporte aéreo de pasajeros creció 16 %, la salida de colombianos al exterior, 10 %, y la entrada de divisas, 14 %, con un ingreso de USD7.700 millones. ¿Razones para el optimismo? Por supuesto. ¿Crecerá el sector a un ritmo trepidante para que sea el motor de la economía que impulse la transición hacia la descarbonización? Está por verse. El escenario ideal del ‘Gobierno del Cambio’ habla de 12 millones de visitantes internacionales y USD15 mil millones en divisas para 2026. Los que saben, reducen o aterrizan esas previsiones tan halagüeñas a 7 millones de turistas extranjeros y USD11 mil millones de dólares, lo cual no está nada mal.
Conviene entender que deben darse condiciones imprescindibles. Entre ellas, la seguridad de los territorios. Es una cuestión de confianza. También está el fortalecimiento y la ampliación de la infraestructura aérea y terrestre. ¿O vamos a seguir recorriendo el país con carreteras modelo Ruta del Sol 2? Sería ingenuo desconocer que enclaves con un potencial turístico descomunal ni siquiera cuentan con saneamiento básico. Formalizar a los prestadores de servicios turísticos, capacitarlos y dotarlos de herramientas, en especial digitales, debe ser prioritario en el pretendido nuevo modelo que necesitará cuantiosos recursos. Sin seguridad jurídica por cambios en las reglas de juego, ¿qué inversionistas creerán en Colombia como potencia turística?
O si no se hace una promoción internacional que marque diferencia no será posible competir con otros países que nos llevan años luz. ¿Cómo ofrecer un turismo inteligente, en el que la calidad, la experiencia, lo digital, sostenible e inclusivo añadan valor agregado a la oferta? Esa es la clave. Lo tenemos todo, bueno casi todo. Pero, si seguimos anclados a un turismo de plan chancleta, sin diversificar, renovar ni evolucionar el modelo de sol y playa, difícilmente atraeremos a visitantes con elevada capacidad adquisitiva. La desaceleración económica, la bendita inflación que no cede o las elevadas tasas de interés afectarán, inevitablemente, la expansión del turismo este año. Tiquetes u hoteles con tarifas casi impagables, tras el desmonte de las exenciones tributarias, podrían estar fuera del alcance del grueso de la población local. Si el ‘Gobierno del Cambio’ no lo entiende así y descarta incorporar en el Plan Nacional de Desarrollo (PND) incentivos al sector, su meta podría verse, por lo menos, postergada.







