La manera de jugar que el hincha quiere que su equipo practique es: ganar. Por eso los seguidores del Racing de Avellaneda erigieron una estatua de Merlo, el técnico que los condujo al título después de más de 30 años sin conseguirlo. No les importó cómo. El Junior de 1977,  el equipo de los obreros, eufemismo para un equipo retranca, celebró su primer título con toda una ciudad pletórica de alegría, y que se olvidó del disfrute de Víctor Ephanor y compañía. Querían ganar. No les importó cómo. Once Caldas se elevó a la categoría de campeón de América a través del fútbol más distante del gusto de los manizalitas, quienes defienden y exigen, desde siempre, el juego de toque y ataque. Pero están orgullosos de ese galardón. Querían ganar. No les importó cómo.

Los hinchas del Real Madrid tienen razones para celebrar el triunfo ante el Barcelona, después de padecer las humillaciones y vejámenes futbolísticos que su archirrival les ha propinado en los últimos años. No es el título de la Copa del Rey lo que celebran, un dato menor frente a la dulce sensación de venganza cumplida que experimentan. Antes ganaron todo desde la magia de Di Stefano, Puskas, Zidane, Ronaldo, que guiaron un juego colectivo exquisito y atacante. Hoy tuvieron como faro los gestos de matón de Pepe, la cesión del balón y un planteo solapado. Pero querían ganarle al Barsa.  Y no les importó como.

Sí, los hinchas quieren ganar. ¿Supongo mal si creo que hasta Valdano, director general del Madrid y dueño de pensamientos como: “¿lo que importa es el resultado?” Esa es una manera bastarda de ver el fútbol. Importa la ambición, la audacia, la aventura, la entrega generosa de todos en defensa de una idea grande”, o “me gustaría que los entrenadores no olvidáramos que el fútbol, como todo juego, es uno de los reinos de la libertad”, abrazó a Mourinho? Creo que no.

Solo Di Stefano, el ícono del madridismo, dejó saber su inconformidad por las formas utilizadas y dio declaraciones “políticamente incorrectas” en medio de la euforia blanca. Si tuviéramos el coraje de hacerlo antes de llegar a su edad.   Mientras, con todo esto, sigo comprobando que el fútbol no tiene verdades absolutas, que los caminos para ganar son disímiles y todos están autorizados para ser transitados. Pero como no sigo camisetas, pero tengo paladar, como no tengo intereses, pero sí convicciones, estoy en la orilla opuesta de estos ejemplos. Y también sé que no hay crimen perfecto, y que la coartada de los planteos anti-imaginación y ‘defensivitas’ dejan cabos sueltos.

Por Javier Castell López

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