Pero no dio pie a la duda el Milan, ni un solo minuto. Atropelló a un Sassuolo que ya no se jugaba nada y cerró el campeonato en la primera mitad, dejando en el segundo tiempo para abrazos, sonrisas, cánticos y celebraciones. La segunda parte quedó en una anécdota. El trabajo estaba hecho, el Milan se dejó llevar y, aunque dominante, no fue lo mismo que en la primera mitad. El técnico Stefano Pioli, artífice en gran parte de este Milan, se abrazó con cada uno de los cambios que fue haciendo. El sueco ha sido un hombre fundamental en el vestuario y aunque esta temporada no ha sido tan decisivo en el campo por culpa de las lesiones, la afición le tiene un cariño inmenso. Por un momento, pareció la más perfecta de las tardes, pero el asistente levantó la bandera justo cuando Ibra empezaba a levantar su gol. Pioli se desató desde el banquillo. Levantó los brazos, se echó agua con sus compañeros, animó a la grada. El Milan era campeón, nada podía impedirlo, la gesta estaba conseguida. Once años después, el Milan celebra ser campeón de Serie A. Es el décimo noveno de su historia, el primero de esta generación que apunta a traer más éxitos. Pitó el árbitro, celebró el Milan. Los jugadores eran los únicos que no iban de rojinegros en el campo, se les diferenciaba bien con su segunda equipación durante la invasión de campo de los suyos, que más de un decenio después vuelven a lo más alto.