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Opinión

La historia de un sueño

Hay citas que se cumplen con la piel y cómo no cumplirlas si también de manera sublime alimentan la contemplación de lo inesperado.

Anoche tuve un sueño. Soñé que entraba en una tienda que tenía su primera mitad construida en la tierra y la segunda  flotaba sobre el Rio.

En la primera mitad observaba artículos y objetos que me hacían mantener viva la idea de yo haber sido una serie de recuerdos.

Un radio, un telégrafo, un balón de fútbol, una hélice, un motor, un tren, una carta, un sombrero, un rosario, un pez, una estrella, un tambor, varios instrumentos musicales más, y algunas otras cosas de gran valor.

En la segunda mitad: una sonrisa, un canto, un vuelo, un tránsito, un abrazo ajeno, una melodía, un frasco de alegría, la mirada de mis abuelos, un par de acordes, el sabor del trigo y la salvia, el olor a hierbabuena, a perejil, a ajonjolí, a toronjil y a agua de rosas. La corriente del agua y de la brisa.

Soñé con Nicolás, con Fernando y con William. Todos con recados importantes. Pero también soñé con una hermosa mujer en movimiento, arrolladora, versátil, sin fronteras ni temores, con manos prominentes, de voz limpia, libre y enamoradora. Parecía ser muchas en una sola y parecía que muchas otras también acompañaban su compás y su ingenio. Entre todos ellos, el aroma de una tierra amable y orgullosa, acostumbrada a superar todas las dificultades, las mismas con las que un día llegaron tantos hombres y mujeres con sus sueños en las manos. Una tierra próspera, fértil, de puertas abiertas y de cara al mundo.

Anoche soñé con la luna propia de esta tierra y soñé también con seres que traían estatuas derrumbadas en sus manos y no eran propiamente las de sus colonizadores. No los han tenido.

Eran las propias. Habían derrumbado sus estatuas interiores, las que tanto dolor les producían y les condenaban a vivir como no eran.

“Han muerto y con su muerte ha nacido la esperanza” decía una nota que portaban.

Desperté sintiendo que somos verdades paralelas: lo que somos y lo que soñamos ser. Por alguna razón que no conozco, se han distanciado una de otra.

Como el mundo de los sueños todo lo permite y nadie puede permitirnos no soñar, será oportuno darle a los sueños vía libre.

Es posible que los sueños sean la intuición de una cita por cumplir.

Hay citas que se cumplen con la piel y cómo no cumplirlas si también de manera sublime alimentan la contemplación de lo inesperado. Esos encuentros son inolvidables y parecen dibujados por quien abiertamente conoce más del mundo que nosotros mismos. Ausentarse podría ser tan básico, como rutinario y engañoso, pues, dejaría a un lado del camino la bella sensación de sentirse sorprendido por lo que sabemos que algún día va a suceder en esa esquina mágica que no pertenece a las calles de la ciudad de lo aprendido.

Aquí, tenemos una cita por cumplir.

Es posible que los sueños sean imaginación.

El ser imaginado es un merecimiento. Habita en cada uno de nosotros y espera de manera paciente la posibilidad de vivir. Aguanta los embates más rígidos; los del mundo exterior, que no conoce y, los propios, con los que batalla diariamente. Contempla la esperanza de poder salir a caminar y convertirse también en realidad para ser fuente de liberación eterna y  poder no solo, llevarnos al lugar que corresponde, sino también, disminuir su índice de mortalidad; tristemente, puede ser el más alto conocido en nuestras tierras. Un fenómeno extraño cuenta que el ser imaginado muere, aún, sin haber nacido.

Aquí tenemos un futuro por imaginar y construir.

Es posible que los sueños sean una hermosa invitación.

En ‘Palabras Pendientes’ disponible aquí, en todas las plataformas digitales de EL HERALDO, Fonseca y la historia de una sorpresa que se convirtió en sueño cumplido.

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