El Heraldo
Opinión

No se deje contagiar

Deje los problemas familiares y personales en la puerta de entrada del lugar donde trabaja.

En tiempos en que la economía está en crisis y va acompañada por una grave situación de cifras nunca antes vistas de desempleo, tanto en Colombia y el mundo entero, no  se explica cómo aquellos que tienen el privilegio de mantener el trabajo para el sustento de sus familias, en muchas ocasiones crean una barrera producto del stress, la falta de preparación  de eso que llaman, “Atención o servicio al cliente” o sencillamente el sentido común que obliga a que la actitud de un vendedor de manera presencial sea agradable, positiva y abra puertas de ventas.

Pareciera que viviéramos en histeria colectiva y por ello, es fácil detectar cómo en países desarrollados, en las oficina de grandes y medianas empresas, en los súper almacenes, en pequeños y medianos establecimientos de comercio, cafeterías, salsamentarías, charcuterías, agencias de viajes, entidades bancarias y corporaciones, talleres de diversos servicios, que por lo general son atendidos por empleados, elegantes mujeres, secretarias y subalternos de ejecutivos, cajeras, vendedores y toda la gama laboral que es el motor impulsor de la economía y el desarrollo, es frecuente encontrar caras amables, pero también caras amargas y hasta agrias.

En incontables ocasiones, me ha tocado ser atendido por una de estas neuróticas personalidades, que si no estás preparado psicológicamente para afrontar el problema que no es tuyo, sino del otro, te podría llevar a ser otro neurótico más.

En esas circunstancias y con la mejor intención aplico un correctivo, tendiente a mejorar las actitudes negativas de esas personas que no solo afectan su capacidad de trabajo, sino que repercuten en detrimento de la reputación de la empresa para la cual trabajan, alejan la clientela, bajan el rendimiento y el ingreso para sus dueños, que ese traduce inevitablemente en recortes de personal.

Y el correctivo es nada menos que preguntarle a quién me está ofreciendo gratis la mala cara, si es que le aqueja un dolor o le preocupa un problema. La pregunta sorprende “fuera de base” al interrogado, quien indefectiblemente responde: “¿Por qué me dice usted eso?” a lo cual debo aclarar, sin el menor asomo de crítica o enojo: “disculpe, es que leo en su expresión contrariedad o dolor, o amargura, cualquier estado, pero menos cordialidad”. Y generalmente, después de desarmar al personaje, aflora una sonrisa y una explicativa razón de su equivocada actitud.

Moraleja: Usted es privilegiado, trabaje con entusiasmo. Atienda con amabilidad, sea leal y honesto con su empresa o patrón.

Deje los problemas familiares y personales en la puerta de entrada del lugar donde trabaja. De ese modo, la empresa crecerá por su contribución, y por ende usted conservara su empleo.

Pareciera que la tendencia actual es a  un déficit de sonrisas, especialmente en las dependencias y oficinas del Estado. En fin, algo elemental que se les escapa en tiempos de pandemia de la Covid-19 y caos mundial, a estos trabajadores que ponen la cara y representan la imagen de las empresas, el sentido de gratitud, ¡Gracias a Dios, tienen trabajo!

 

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