La prohibición de fumar en los vuelos comerciales se impuso en los EEUU en 1988 y en poco tiempo se convirtió en estándar de la aviación mundial. La norma se extendió después a todos los espacios cerrados, ahora también a muchos abiertos, y no encontró mayor resistencia en ningún sitio del planeta por dos razones: los que no fumaban eran más que los fumadores, y por sentido común: todos, hasta los fumadores, también necesitaban, necesitamos, de aire libre de humo. Aunque fumar es uno de esos temas que no cuenta con una buena razón para defenderlo, no quita que en los baños de todos los aviones, sin excepción, por norma de seguridad, siempre haya un cenicero. Pero no porque sea permitido fumar. Todo porque en 1973, en un vuelo entre Río de Janeiro y París, un pasajero arrojó una colilla de cigarrillo encendida a la caneca de la basura. La cabina se llenó de humo y de los 134 pasajeros, 123 murieron por intoxicaciones de humo y monóxido de carbono. El avión logró aterrizar de emergencia cinco kilómetros antes de su destino.
El tema humeante es el del plástico; es más complejo de entender porque no se trata de un ‘blanco y negro’ como fue el caso del tabaco y sus efectos colaterales: cancerígeno y, además, afecta a los fumadores pasivos. Con certeza, el plástico ha traído más beneficios que perjuicios, pero los excesos y abusos terminaron convirtiéndolo en un material nefasto; basta ver las megaislas formadas por desechos plásticos que flotan en el mar. La conclusión de cientos de organizaciones y países es que el plástico es una amenaza fatal para los mares, la vida marina y la humanidad. Resulta que no es tan cierto, y no se puede medir con el mismo rasero que el usado a nivel global para el tabaco. Esta actitud es más un resultado de la impotencia y falta de control de los entes encargados; prefiero llamarla “falta de gerencia”.
Vistos en este momento, el presente y el futuro de la humanidad no son viables sin el plástico. La errada e irresponsable disposición final de envases o empaques de infinidad de productos es, por ahora, lo más visible de un problema mayor; la afectación más evidente se da en la vida marina y los océanos. El plástico no tiene culpa de lo que sucede; son las personas que en su ligero y laxo accionar arremeten contra la naturaleza en el más amplio y peor sentido. No podemos ser una sociedad llena de prohibiciones sino más bien de convicciones; este es el reto y el ideal. A veces, para lograr el aprendizaje de esa diferencia, perdemos, como ahora, un tiempo valioso cambiando las sábanas por creer erróneamente que la fiebre está ahí.
Hay que implementar pronto la educación ambiental desde el jardín infantil hasta la universidad y, al ciudadano, exigirle el más estricto y severo cumplimiento incluyendo medidas punitivas y ejemplarizantes. Por supuesto, también a través del mejor y temprano ejemplo en el hogar. Si se comienza por ahí, habrá futuro porque tendremos una sociedad convencida de su bienestar. El plástico no es un ser pensante, es un material que hará lo que los seres humanos querramos que sea: hasta humo, por ejemplo.
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