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Opinión

Fonseca

Que no los engañe el título de mi columna: no me propongo hablar de la tierra de cantores donde los acordeones saben llorar y reír. 

Tampoco del cantor Carlos Huertas, el célebre guitarrista y compositor de Dibulla, que legó a la posteridad una de las páginas más memorables de la música del Caribe, una de las que con más dolorida nostalgia nos arruga el sentimiento en estos aciagos días de cuarentena. Quiero, en cambio, distraer el encierro recordando al magnífico escritor brasileño Rubem Fonseca, el atroz gigante de las letras hispanoamericanas que, como sugería Thomas De Quincey, supo hacer de la violencia una de las bellas artes. 

Sus detractores aseguraban que carecía de corazón, sin embargo, murió de un infarto agudo de miocardio el pasado 15 de abril en Río de Janeiro, cuando el confinamiento apenas comenzaba. En líneas generales, el establecimiento literario despidió a Rubem Fonseca sin mucho aspaviento, con mal disimulada incomodidad, sin brindis patrióticos ni ediciones de lujo. Pese a la torpe censura, «el salvaje», como algunos insisten en llamarlo, es uno de los autores imprescindibles de la literatura contemporánea. 

Comencé a frecuentar su obra hacia 1998, por un comentario de Diógenes Fajardo en uno de los verdes pasillos de Yerbabuena. Hace unos años, en una breve, pero afortunada estancia en Brasil, pude constatar, al calor de la cachaza y la Bossa Nova, el fervor que despierta Fonseca en los jóvenes universitarios. Agosto es acaso su novela más famosa. Sin embargo, siempre he preferido la perfección y contundencia de sus cuentos «brutalistas», en especial Feliz Año Nuevo y El cobrador. 

En el primero, un grupo de temibles delincuentes sale de su escondrijo a rebuscarse la cena de Año Nuevo y termina cometiendo toda suerte de fechorías; en el segundo, Fonseca consigue en trece intensas y prohibidas páginas dar vida a uno de los sicópatas más despiadados de todos los tiempos, uno que hace ver como un diablito de caramelo al Satanás que Mario Mendoza no logra siquiera invocar en las trescientas páginas de su novela. 

La obra de Rubem Fonseca es perturbadora, incómoda, plagada de criaturas marginales de todos los pelambres. «Sus delincuentes son amorales, reacios a cualquier sentimiento de culpa, sean ricos o pobres», como señala Joana Oliveira. Si en plena era de la «cultura de la cancelación», a uno de los nuevos custodios de la moral pública le diera la ventolera de abandonar por un instante las redes sociales y poner en remojo su ideología de rebaño para adentrarse en un libro de Fonseca, de seguro pondría el grito en el cielo, se rasgaría las vestiduras, organizaría una marcha de antorchas virtuales y exigiría la cabeza de Fonseca por la insolencia de su incorrección. Por atreverse a narrar de una manera descarnada, visceral, lo que otros prefieren callar: los inefables dramas humanos y la violenta vida cotidiana de las grandes urbes latinoamericanas, las mismas que horrorizaron a Horacio Quiroga y lo hicieron buscar refugio en la selva de Misiones. Los que así obran, sueñan despiertos con una literatura apacible, domesticada, de uñas recortadas en la peluquería de mascotas, que no maúlle con impertinencia en el tejado, y que nunca, bajo ninguna circunstancia, abandone la asepsia de su diaria ración de Cat Chow para ir a destripar ratones en algún oscuro rincón de la cocina. 

orlandoaraujof@hotmail.com

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