Hoy por hoy ofrece Barranquilla una oferta gastronómica reconocida ya a nivel nacional, y en esto han incidido de manera determinante la gran variedad de restaurantes con todas las tendencias, para todos los gustos y todos los bolsillos, muchos de estos recientemente abiertos. No deja de sorprendernos las inversiones tan cuantiosas en la construcción de algunos de estos y en los espectaculares y acogedores diseños de los más sofisticados, comparables a los mejores de cualquier parte del mundo. En ese aspecto se merecen un 10 aclamado. También es cierto que aquellos que ofrecen música en vivo durante las tardes-noches, se convierten en sitios para mucho más que saborear una buena cena, y afortunadamente estos se han multiplicado. La gran afluencia de clientes que se aprecia en la mayoría de estos demuestra que somos hoy una ciudad madura en materia de emprendimiento, de gastronomía y con mayor capacidad económica de un creciente número de barranquilleros.
Hasta ahí todo bien, todo bien, como el Pibe, ¡pero ojo! No solo basta la decoración y la música, por excelentes que ambas sean, porque hay otros factores de gran importancia que son claves en el éxito prolongado de un buen restaurante, y en estos hay algunos nuevos y no tan nuevos que están fallando de manera recurrente. Resulta muy fácil para quien frecuenta restaurantes apreciar la diferencia de calidad del servicio entre unos y otros. Nada más desesperante y aburridor que esperar y esperar para ser atendido. Y aquí hay algunos que son eternos. Resulta obvio que la calidad de la comida es determinante para calificar a un chef, porque así como hay platos excelentes, hay otros que pareciera que el dueño no los hubiera probado, porque con la bendita comida fusión hay algunos resultados muy desafortunados, incluyendo los postres. Pero en lo que más están fallando varios de los nuevos es con el tamaño de las porciones, un verdadero irrespeto con el cliente, en algunos casos una verdadera estafa.
Y conste que soy de poco comer, ¡pero no hay derecho! He visto la cara, mezcla de desilusión, asombro y rechazo, que ponen algunos cuando les llega su plato y aprecian esa miserable porción por la que tendrán que pagar un elevado precio. Y es que todos sabemos que lo que menos cuesta en un plato de restaurante costoso es la comida. Sería conveniente que los dueños de esos restaurantes pudieran escuchar cómo se expresan sus clientes insatisfechos en reuniones sociales, y ojalá se les ocurriera entregarles a los mismos, a la salida, un minicuestionario para conocer su opinión acerca del ambiente, la música (si la tienen), la atención, la calidad de la comida, el tamaño de la porción y el valor, para hacer los cambios necesarios cuando estos son calificados por sus mismos clientes. ¡Ojo! Por la mezquindad en las porciones han fracasado y cerrado varios restaurantes de elevada inversión, aunque también por la calidad. Como también se aprecia que algunos mantienen una muy elevada y fiel clientela, aún con la creciente competencia, y la razón es sencilla y lógica: han sabido mantener un lugar agradable, con buen servicio, buena comida, porciones normales o generosas y precios acordes a lo anterior. Cualquiera creería que un nuevo o veterano empresario con restaurante nuevo tendría en cuenta los anteriores factores para garantizar el éxito necesario para perdurar. Pero por lo apreciado, no es así. Ojalá recapaciten a tiempo.
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