A cien años de su nacimiento, la figura de Delia Zapata Olivella permanece vigente y se agiganta como uno de los pilares sobre los cuales se sostiene la identidad cultural de Colombia. Su legado, tejido entre la escena, la investigación y la pedagogía, sigue siendo un referente en tiempos donde las tradiciones corren el riesgo de disiparse entre la inmediatez del consumo cultural.

Nacida el 1° de abril de 1926 en Lorica, Córdoba, Delia entendió desde muy temprano que el folclor no era algo decorativo, sino que siempre lo vio como una expresión para contar de distintas formas nuestra esencia. Junto a su hermano, el médico y antropólogo Manuel Zapata Olivella, emprendió un camino que desafiaba prejuicios sociales, en una Colombia que aún no reconocía plenamente el valor de sus raíces afro e indígenas. Aquella decisión de llevar al escenario danzas y músicas tradicionales fue un verdadero acto de valentía.

El episodio de 1953, cuando los hermanos Zapata Olivella presenciaron el Ballet Negro de la coreógrafa afroamericana Katherine Dunham, marcó un punto de partida para edificar su propio proyecto cargado de identidad afrocolombiana. Inspirados por esa experiencia, concibieron una propuesta escénica que reivindicó las raíces negras e indígenas del país. Desde entonces lo que comenzó como un sueño tomó forma en 1954 en el Teatro Heredia de Cartagena y encontró resistencia en Bogotá, donde el Teatro Colón dudó en abrir sus puertas a lo que consideraba un espectáculo “impropio”. Sin embargo, la historia se encargó de corregir ese juicio y el alma de los tambores empezó a ser aplaudida, surgiendo así una nueva manera de entender la danza en Colombia.

La importancia de Delia radica en que no se limitó a coreografiar; sino que investigó, documentó y reinterpretó nuestras raíces folclóricas. Obras como ‘El cabildo’, ‘Diablos espejos’, ‘Los gallinazos’ o ‘Indios farotos’ trascendieron la escena para convertirse en archivos vivos de la tradición. Su trabajo en el Caribe y el Pacífico fue un ejercicio riguroso de escucha y aprendizaje, que luego tradujo en propuestas escénicas con una profundidad que hasta su momento no se había visto.

Esa misma rigurosidad la llevó a escenarios internacionales. Desde París en 1957, pasando por Europa, Asia, Centroamérica, hasta llegar a Estados Unidos, Delia proyectó una imagen de una Colombia distinta, que si bien siempre había sido vista como una nación compleja, empezaba a exportar conocimiento, investigación escénica y mucha identidad.

Pero quizá uno de los aspectos más relevantes de su legado es su vocación pedagógica. La creación de la carrera de Danzas y Teatro en la Universidad Antonio Nariño, así como la fundación del Ballet Folklórico y del Instituto Folclórico Colombiano, demuestran que su mirada estaba puesta en el futuro. Formar nuevas generaciones no era para ella un complemento, sino que representaba toda una misión.

A un siglo de su natalicio, las palabras que su nieto Ihan Betancourt compartió con los lectores de EL HERALDO permiten comprender la dimensión humana de su figura: “Una mujer incansable, capaz de coser vestuarios, corregir coreografías, investigar y, al mismo tiempo, tender la mano a quienes más lo necesitaban”.

Esa ética del cuidado, que atravesaba su vida y su obra, es quizás una de las lecciones más urgentes en el presente.

Hoy, cuando el folclor enfrenta el riesgo de convertirse en un producto superficial, despojado de contexto y profundidad, la obra de Delia Zapata Olivella nos recuerda que las tradiciones no son mercancía, sino memoria. Y la memoria, cuando se respeta y se estudia, tiene la capacidad de transformar sociedades, así como lo hizo Delia Zapata Olivella en su momento.

Conmemorar su centenario no debe limitarse a una mera evocación nostálgica. Es, sobre todo, una invitación a retomar su ejemplo, a investigar con rigor, crear con amor por la tierra donde se nace y defender, desde el arte, la dignidad de nuestras raíces.