Hay momentos en la vida en los que todo parece estar en caída: un partido que ilusionaba y termina doliendo, una semana mala en el negocio, un país que tropieza una y otra vez con las mismas piedras. Y es en esos momentos, cuando todo se detiene y aún no hay salida, es donde el Sábado Santo cobra sentido; porque no es todavía el día de la resurrección. Es el día del silencio, el día en que ya pasó el golpe pero todavía no llega la luz, el día en que todo parece suspendido. Y ahí aparece la fe de verdad.

No la fe fácil, esa que uno tiene cuando todo sale bien, sino esa que se sostiene cuando uno no entiende. Cuando duele. Cuando toca esperar sin saber si lo que viene será mejor. El Sábado Santo nos recuerda una verdad profundamente humana; que la oscuridad no siempre es derrota y que a veces el silencio no es vacío, sino espera.

Tal vez por eso esta semana tantos hinchas se sintieron golpeados. No solo por las derrotas de Colombia. Lo que dolió fue esa sensación tan conocida de caída, de quedarnos cortos, de ilusionarnos y terminar con el corazón bajito. Y ahí uno entiende que el fútbol toca algo más profundo que un resultado. Es esa parte de nosotros que quiere creer, incluso después de ese meneo.

Pero esa sensación no vive solo en la tribuna o frente al televisor. Vive también en la casa. Está en esa mamá o en ese papá que se desvela haciendo cuentas, mirando cómo estirar la plata para que a los hijos no les falte nada. Aun así se levantan, vuelven a intentarlo. La fe también se ve así; en no dejar que la angustia decida por uno.

Y está también en la calle. En ese pequeño comerciante que tuvo una semana floja, que debe plata, que lo extorsionan para que pueda trabajar, que por dentro siente que ya no puede más, pero al otro día vuelve a subir la reja, a abrir y a apostar por un mañana que todavía no ve claro. Eso también es fe. No una fe de palabras grandes, sino esa más humilde y valiente; la de seguir, aun cuando el alma quisiera sentarse a llorar.

Por eso el mensaje del Sábado Santo es tan poderoso: no pide negar la caída, ni fingir que no duele. Nos enseña algo más difícil y valiente; que el coraje no nace después de levantarse. Nace en el suelo, cuando uno decide pararse, aunque todavía duela.

Eso también lo necesita Colombia. En el fútbol, sí. Pero sobre todo en la vida diaria. Porque este es un país cansado, golpeado polarizado. Y aun así sigue; trabajando, creyendo, empujando, incluso malherido. Esa también es una forma de fe. Tal vez por eso esta fecha importa tanto. Porque nos recuerda algo simple y poderoso: que la noche no gana, que perder no es el final, y que toda resurrección empieza así: con la decisión silenciosa y valiente de no rendirse.

@MiguelVergaraC