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Juventud sin esperanza

Los jóvenes son, en toda su esencia, soñadores. El progreso ha sido comandado por su habilidad para encontrar respuestas de cara a los problemas que se enfrentarán. Son importantes para el crecimiento social gracias a que insisten, descubren, aprenden y aplican. Los Estados han jugado un papel fundamental en estas tareas. Han servido de garantes y potenciadores. Al menos así ha sido en Estados conscientes de que si alguien necesita avales para beneficio de toda la sociedad, son justamente aquellos que tienen todas sus capacidades en plenitud.

Los países más avanzados del mundo tienen en común el apoyo que dan a sus juventudes para desarrollarse y afianzarse en la sociedad. En contraste, las naciones donde más se les ponen obstáculos, suelen ser las más empobrecidas; las que menos oportunidades competitivas tienen a nivel global.

En Colombia, según cifras del DANE, la desocupación en jóvenes se ubicó en 17,5 por ciento para el trimestre mayo-junio de este año. La cifra más alta desde 2013. No tienen cómo trabajar, porque el mercado los desecha por falta de experiencia o educación.

Asimismo, como informa el Sistema Nacional de Información de la Educación Superior (SNIES), el número de jóvenes matriculados en universidades ha venido decreciendo, pues un gran porcentaje de bachilleres acceden a la universidad por créditos con el ICETEX. El Plan Nacional de Desarrollo, que regula estos préstamos, indicó que solo se financiaría a estudiantes que ingresen a universidades acreditadas; las cuales suelen ser las más costosas y sobrepasan la capacidad de endeudamiento de las familias. Además de la falta de recursos, los recién graduados desisten de la educación superior porque no son garantía de que se consiga empleo.

En medio de todas estas trabas, la ANIF acaba de proponer una solución que parece más otra condena: pagar el 75 % de un salario mínimo a los menores de 25 años. Un país que no ofrece educación gratuita para todos, pretende ahora que perciban un monto insuficiente e irrespetuoso por el simple hecho de ser jóvenes. Como si el salario mínimo, completo, alcanzara para cubrir las necesidades básicas. Como si fuera una millonada.

Colombia es un país donde soñar es un privilegio. Y es tan terrible, que está cercenando los sueños a los únicos que nunca dejan de soñar: los jóvenes. No pueden trabajar, no pueden estudiar, no tienen cómo pagar. Y cuando la juventud no sueña, la sociedad no avanza. Un Estado que abandona a sus jóvenes sólo produce atraso y pobreza. Surge así una pregunta: ¿Acaso el Gobierno está insistiendo en condenar a la sociedad a la desigualdad y a la miseria? Pues, pareciera.

@MariaMatusV

maria.matus.v0@gmail.com

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