Mucho se ha dicho sobre la intempestiva salida del gestor cultural Juan José Jaramillo de la dirección de Carnaval de Barranquilla S.A.S., a pocas horas de que cayera el telón de la edición 2026, considerada una de las más memorables de los últimos tiempos. Que si fue por una decisión política, que si motivada por desórdenes o desorganización en los desfiles más relevantes o si se le pasó una cuenta de cobro por tener un rol en exceso protagónico.

A menudo, especular es una forma de restar importancia a asuntos, cuyo fondo difícilmente conoceremos porque esconden verdades incómodas e intereses que nos suelen ser ajenos.

Lo cierto es que detrás del relevo, decidido por el alcalde Alejandro Char, existe mucho más que un rutinario ajuste administrativo. Ciertamente, la designación de Juan Carlos Ospino Acuña, el ahora exsecretario distrital de Cultura, en reemplazo de Juancho Jaramillo, llega tras un Carnaval exitoso en espíritu, pero —aparentemente— tensionado en su operación.

Y esa es, justamente, la clave en la que radica el cambio. El Distrito reformula el ámbito de actuación de quien estará, de ahora en adelante, al frente de la entidad para elevar el nivel de la que es, sin duda, la fiesta cultural y folclórica más importante de Colombia. El mensaje de fondo es claro, aunque requiere leer entre líneas para entender que el Carnaval debe situarse, siempre y sin excusas, por encima de nombres y cargos. El que entendió, entendió.

Este es uno de los puestos más vulnerables y exigentes de la gestión cultural de Barranquilla. La magnitud de la fiesta, su complejidad operativa y la multiplicidad de intereses que en ella confluyen hacen que cualquier error logístico, desajuste organizativo o falla de coordinación tenga una elevada exposición pública y política. Por tanto, el verdadero debate tiene que centrarse en el desempeño funcional o capacidad de solvencia de quien sea escogido para ejercerlo y, en particular, en los desafíos estructurales que acompañan esa responsabilidad.

En ese sentido, los retos que ahora asume el exsecretario Ospino revelarían los verdaderos motivos de la salida de su antecesor. La magnitud del Carnaval demanda mucho más que la pasión y cercanía con los hacedores que Juancho Jaramillo derrochó, porque tenía de sobra.

Esta fiesta reclama coordinación milimétrica, planeación rigurosa, gestión logística y un diálogo constante entre actores públicos, privados y comunitarios. Las fallas de supervisión en desfiles masivos, como la Batalla de Flores, dejaron rotundas lecciones que confirman que, sin los más altos estándares de organización y seguridad, su exponencial crecimiento puede volverse un riesgo para sí misma. Complejo escenario que debe evitarse a toda costa.

De hecho, el Carnaval está en mora de consolidarse como una plataforma multicultural que sea capaz de amplificar la variedad de ofertas por toda la ciudad, en particular en sus nuevos espacios, garantizando que su expansión territorial no sacrifique calidad. Al mismo tiempo, será clave fortalecer mecanismos de generación de ingresos dignos y sostenibles para los hacedores, los verdaderos custodios del patrimonio, de manera que no solo se celebre la tradición, como sucede cada año, sino que la fiesta logre redistribuir su impacto económico.

En ese horizonte, lo público tiene un papel indelegable. La participación institucional debe profundizarse, con el Distrito como timonel de un barco colectivo que aspira a llegar cada vez más lejos, sin perder el rumbo ni la esencia. Y eso demanda grandes responsabilidades.

El Carnaval, como construcción histórica, debe reconocer con madurez sus fragilidades para convertirlas en oportunidades de mejora que se traduzcan en una fiesta mejor organizada, más incluyente y a la altura de la capital que la sustenta. Pasar la página es una necesidad.

Ospino, que aterriza en el cargo con la ventaja estratégica de conocer la fiesta desde abajo, como fundador del Carnaval del Suroccidente, tiene que enfocarse en que sea instrumento de gestión pública y vitrina del modelo de ciudad. Hará falta, entonces, una gobernanza más abierta, que escuche, acuerde y construya sobre lo construido, sin improvisaciones ni rupturas. Barranquilla no necesita reinventar su fiesta, sino cuidarla mejor. Y hacerlo exige liderazgo, concertación y rigor. Esa es la vara con la que se medirá la nueva etapa, en la que la fiesta tiene que ser el motor económico y de turismo cultural que la proyectará al mundo.