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Los emigrantes haitiano

Pasa el tiempo y siguen sufriendo los haitianos. Desfilan emperadores, presidentes, dictadores, militares y nada cambia. De paso, la naturaleza hace lo suyo y termina de arrasar a un país que parece tocar fondo una y otra vez. Sus desesperados habitantes hacen lo que pueden, escapan de ahí, piden ayuda, pero nada resulta bien, o no del todo, y no se encuentran respuestas ni salidas. 

Las imágenes son incómodas. Se puede ver a varios hombres montados a caballo, con uniforme y aspecto de policías o algo similar, acosando a unas personas a pie que huyen precariamente. Los jinetes blanden lo que parecen látigos, y aunque un análisis más cuidadoso revela que en realidad son las riendas de los animales, ese detalle no evita que se utilicen para azotar gente. Las fotos nos recuerdan otra época, una más cercana a las grandes plantaciones de algodón de Louisiana y al sometimiento esclavo, pero no: sucedió hace apenas unos días en la frontera de los Estados Unidos y México; norteamericanos unos, emigrantes haitianos los otros.

Desde hace mucho rato, quizá desde su mismo origen, todo lo que sucede con Haití es trágico. Siendo la primera nación caribeña que logró derrotar a sus colonizadores, en 1804, era plausible suponer que poco a poco sus nuevos gobernantes —exultantes esclavos liberados— irían poniendo las cosas en orden, ejerciendo su autonomía y caminando por la vía del progreso, esa vía que con muchísimas dificultades ha sido posible seguir con algo de coherencia por casi toda Latinoamérica. Sin embargo no fue así. Lo primero que hizo Jean-Jacques Dessalines, el proclamado emperador de Haití, fue ordenar el asesinato de los pocos civiles franceses, unos 4 000, que todavía quedaban en esa parte de la isla, quemar sus cultivos y destruirlo todo. Previsiblemente, de ahí en adelante las cosas fueron empeorando,por una mezcla de circunstancias que no serán objeto de análisis en este espacio, pero que han tenido siempre a la violencia más brutal como común denominador.

Pasa el tiempo y siguen sufriendo los haitianos. Desfilan emperadores, presidentes, dictadores, militares y nada cambia. De paso, la naturaleza hace lo suyo y termina de arrasar a un país que parece tocar fondo una y otra vez. Sus desesperados habitantes hacen lo que pueden, escapan de ahí, piden ayuda, pero nada resulta bien, o no del todo, y no se encuentran respuestas ni salidas. Los demás países les muestran recelo y prevención, nadie los quiere.

Me pregunto si todo este asunto hace parte de la infame lista de problemas que no tienen una solución, ni siquiera una medianamente aceptable, y si es necesario poner a prueba nuestras convicciones y enfrentarnos a un dilema moral en el que se deben esperar algunas ganancias, pero también no pocas pérdidas y concesiones. Probablemente los Estados Unidos tienen derecho a no dejarlos entrar a su país, aunque desde luego no a perseguirlos como animales desde una montura; y quizá los haitianos tienen derecho, en tanto seres humanos, a buscar refugio dónde puedan o les parezca mejor, aunque en ese empeño violen normas y leyes.¿Es este un ejemplo de los valores incompatibles que describía Isaiah Berlin?

Por más explicaciones que busquemos, lo que está pasando en el cruce fronterizo de Del Río, donde se tomaron las fotos que he mencionado, no puede dejar indiferente a ninguna persona que cuente con algo de razón. Es incorrecto e irritante. Uno sabe que debe hacerse algo, aunque no se sepa muy bien qué. Se podría empezar, eso sí, por tratarlos con más dignidad.

moreno.slagter@yahoo.com

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