El Heraldo
Opinión

El malecón de La Loma

Este caso merece un sano ejercicio de autocrítica. 

Hace tres años y medio dediqué una columna a registrar el deterioro que se estaba presentando en el malecón de La Loma. En aquella ocasión resaltaba que había que hacer un esfuerzo para evitar que esa obra, que nos costó más de 30 000 millones de pesos, fuese presa del abandono. Era algo que se veía venir. Por eso resulta decepcionante comprobar que efectivamente las administraciones distritales no le prestaron la suficiente atención a ese proyecto, de tal forma que hoy está en un estado vergonzoso y quizá irrecuperable. Entre la «tarulla» y la maleza, salvo que se haga una intervención heroica, esa inversión está a punto de perderse.

Este caso merece un sano ejercicio de autocrítica. Nadie puede desconocer que en Barranquilla hay muchas cosas que han mejorado: hay mejor cobertura de salud y educación, mejor infraestructura, mejores parques, y nos hemos convertido en una ciudad atractiva para la inversión, entre otras cosas. También se ha podido cambiar poco a poco la forma de pensar y entender nuestra ciudad, el sentido de pertenencia y el optimismo ahora se notan más y nos permiten soñar con grandes proyectos y mejores oportunidades. Todo eso es muy bueno, pero no nos hace inmunes a las equivocaciones. Creo que es necesario y oportuno que se reconozca que el desarrollo y el manejo del proyecto del malecón de La Loma estuvo plagado de desaciertos.

En Colombia le tenemos especial aversión al reconocimiento de los errores. Casi nunca los funcionarios o las entidades públicas, sin que sea tampoco tan común en el ámbito privado, tienen el valor de aceptar que se han equivocado. Usualmente se acude a un rosario de excusas para justificar lo que ha salido mal, pensando siempre, sospecho, en librar responsabilidades y evitar alguna complicación jurídica, o salvar el costo político. Entonces se acuden a las normativas, a las jurisdicciones, al señalamiento de los otros, a la segunda instancia, a lo que sea. Esta situación, propiciada también por el afán condenatorio de los ciudadanos que tampoco parecen tolerar el más mínimo desliz, nos impide aprovechar lo más valioso que nos regalan los errores: aprender de ellos. Quizá por eso terminamos fallando con tanta frecuencia.

Estoy seguro de que la experiencia del malecón de La Loma, en cuanto a su rápido deterioro y obsolescencia, puede dejarnos muchas enseñanzas. Es posible que los estudios previos no hayan sido tan meticulosos como era necesario, que el diseño no haya considerado los posibles cambios en el comportamiento de la orilla del río, o que la carencia de un claro plan de mantenimiento, con los recursos correspondientes, resultara imprescindible para este tipo de proyectos. También pudo hacer falta una mejor lectura del comportamiento de los barranquilleros, y balancear el interés que despertó el Gran Malecón de Puerta de Oro para evitar que acaparase toda la atención de los ciudadanos. De la manera más constructiva posible deberíamos buscar las respuestas que tanto necesitamos, para equivocarnos menos en una próxima ocasión.

moreno.slagter@yahoo.com

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