Con el calificativo de “pobretones” y una seguidilla de palabras soeces, se dirigió una periodista en Medellín a los obreros que le pidieron no caminar por una acera en construcción. Este es uno de los últimos casos del fenómeno “usted no sabe quién soy yo”, que, gracias a los celulares que permiten grabar, han sido difundidos y cuestionados por los colombianos. Cómo no recordar el penoso caso del senador que ante la indicación de un policía de realizarle la prueba de alcoholemia, le gritaba que si no sabía quién era él, como si su investidura fuera patente de corso para menospreciar a la autoridad.

Como lo advertía en mi columna anterior, la inequidad social facilita el desarrollo de conductas inapropiadas que, como un círculo vicioso, ahondan las brechas entre las clases sociales. Una de estas es la cultura del arribismo, que es la pretensión de ser algo que no se es, o quien se enriquece por medios rápidos y sin escrúpulos, manifestada a través de esa ignominiosa frase en la que se le advierte al otro que desconoce a quién se está dirigiendo, como si se tratara de un ser superior e intocable.

Este comportamiento absurdo evoluciona hacia un estadio superior aún más negativo, la aporofobia, que es la fobia a los pobres. Este tema es estudiado por la filósofa española Adela Cortina, que en su libro Aporofobia, el rechazo al pobre, analiza la predisposición de los seres humanos a esta fobia y propone medios para superarla a través de la educación y una democracia más inclusiva y solidaria.

El arribismo es, en síntesis, el desprecio a los demás por hechos inocuos como carecer de recursos económicos, estudios; hacer parte de minorías étnicas, religiosas, de género, o por ejercer empleos domésticos. Hace unos meses, acompañado de unos académicos extranjeros que invité a almorzar, se me indicaba en el comedor de un club social que nuestro conductor no podía sentarse con nosotros en la misma mesa porque era chofer. Ante tal adefesio arribista, me retiré indignado. Días después me tocó volver al mismo sitio y, ya advertido, le presté al conductor mi corbata y mi saco, y no tuvimos ningún inconveniente; y él, con esa picardía costeña, me dijo: “en este mundo materialista lo que vale es la pinta”.

Esta conducta inapropiada se agrava cuando se generaliza a través de estereotipos sociales que, como marquilla, clasifican a la persona: ‘de bien’ si son poseedoras de riqueza y bienes de lujo; y ‘gente mal’ a quien carece de esas capacidades económicas, desconociendo las dotes morales y éticas de la persona. Además del agravio de menospreciar, el arribista carece de solidaridad, niega su cultura y sus orígenes, utiliza lenguaje lleno de extranjerismos y no es auténtico.

Trabajar por una sociedad más incluyente y respetuosa con la dignidad humana es un imperativo para los colombianos, pero esa realidad ampliamente diagnosticada no podrá ser cambiada si seguimos mirando de soslayo a quienes, evidentemente iguales a nosotros, nos abstenemos de apreciar por tener menos riqueza y fortuna.