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El valor de una medalla

Cada competencia es un despliegue de emociones. Competidores y entrenadores viven atentos al desempeño de los suyos y, posteriormente, celebran con alborozo sus triunfos o se apoyan mutuamente ante la derrota. Ni qué decir de nosotros, como público, que los alentamos desde lejos, sobre todo cuando se trata de nuestros coterráneos o de los participantes latinoamericanos.

No existe un evento deportivo tan hermoso, integrador y promotor de camaradería deportiva internacional como los juegos olímpicos, incluso, me atrevo a decir que por encima de la Copa Mundial de Fútbol. Se resaltan la vistosidad y simbolismo de su acto inaugural, la variedad de deportes en competencia, la amplia difusión de los medios de comunicación, la logística, el despliegue tecnológico y la participación de los mejores deportistas de la casi totalidad de países del mundo.

Las justas deportivas que tienen lugar en Tokio hasta este fin de semana han tenido, además, la particularidad de haber sido aplazadas el año anterior por causa de la pandemia; de hecho, las jornadas se cumplen bajo estrictos protocolos de bioseguridad y sin espectadores. Esta es la tercera suspensión de los juegos en su historia: en 1916, por la I Guerra Mundial y en 1940, por la II Guerra Mundial. 

Ver desfilar inicialmente al equipo griego nos recordó que la historia de este certamen se remonta a la antigua Grecia, aproximadamente al año 776 a.C. en la región de Olimpia, cuando se realizaban unas competencias en honor a los dioses; los ganadores recibían la famosa corona elaborada con ramas de olivo. La primera versión de los juegos modernos se dio en 1896, en Atenas, con atletas de 14 naciones, por iniciativa del pedagogo francés Pierre de Coubertin, fundador del Comité Olímpico Internacional.

En las justas de Tokio participan 11.000 deportistas de 206 delegaciones, incluidos los equipos de Atletas Refugiados y Atletas Olímpicos Independientes. Ellos participan en 33 deportes y 339 eventos que se desarrollan en 43 escenarios. Deportes como la gimnasia, la equitación y la natación artística nos deleitan por su alucinante estética. 

Cada competencia es un despliegue de emociones. Competidores y entrenadores viven atentos al desempeño de los suyos y, posteriormente, celebran con alborozo sus triunfos o se apoyan mutuamente ante la derrota. Ni qué decir de nosotros, como público, que los alentamos desde lejos, sobre todo cuando se trata de nuestros coterráneos o de los participantes latinoamericanos. Verlos alcanzar sus sueños nos llena de alegría y orgullo porque conocemos de sobra el esfuerzo que les representó llegar a ese punto. Muestra de ello es el pesista vallecaucano Luis Javier Mosquera, quien obtuvo una medalla de plata que representa un premio a su dedicación por superar una vida de necesidades y limitaciones. Otra cualidad obligada de los deportistas de alto rendimiento es la perseverancia, en la que encuadran Mariana Pajón, triple medallista olímpica en BMX; Carlos Ramírez, doble medallista; Caterine Ibargüen y otros colombianos con excelentes resultados.

El mensaje que con su representación envían los deportistas a las nuevas generaciones es que se motiven a practicar deportes como medio promotor de desarrollo personal, consolidación espiritual y preservación de la salud. Igualmente, insisten en mantener a distancia las drogas y las actividades ilícitas. Sin duda, el deporte es vida y felicidad.

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