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Entretenimiento

Cuentos para aislados (I)

Conocía bien por supuesto el tópico del terror a la página en blanco, pero jamás se le había ocurrido que él, un lector puro que nunca había sentido la menor tentación de escribir, pudiera vivir esa experiencia. Pero ahí estaba: justo ahora le estaba sucediendo, y era ciertamente insoportable.

La angustia que lo agobiaba, la situación dramática en que ahora de pronto se hallaba no parecía, además, el final esperado para un día que había empezado con un exquisito baño de mar en una playa maravillosa en una ciudad bastante distante de la suya, y que luego había tenido un transcurso que no hubiera podido ser más agradable: el desayuno en la terraza del hotel frente al esplendor de la bahía que parecía una pintura hecha con el más esmerado preciosismo, el almuerzo en el restaurante español en compañía de aquella hermosa abogada, el viaje de regreso de seis horas en el sedán silencioso y refrigerado a través de una carretera tranquila y de una tarde luminosa que poco a poco sucumbió a la noche mientras entraba en las primeras calles de la metrópoli donde residía. Tenía muchas expectativas por llegar a su nueva casa, a la que se había mudado apenas siete días atrás, de modo que buscó la ruta más expedita.

Sobre todo, no veía el momento de observar cómo había quedado su biblioteca en el enorme estudio que le había encantado desde que lo vio por primera vez y que había sido la razón determinante para tomar en arriendo aquella vivienda. Al mudarse, había tenido tiempo nada más para instalar los muebles y demás enseres de la alcoba, del cuarto de baño, de la sala, del comedor y de la cocina. Pero su bien más preciado, la biblioteca de unos 3.000 volúmenes, estaba todavía en sus cajas numeradas el día que tenía que viajar a la ciudad de la pintoresca bahía, de modo que, siguiendo la recomendación de un amigo, contrató a dos expertos para que la desempacaran y la colocaran en las diversas estanterías de madera de acuerdo con una guía precisa que él les dejó en un papel. Se marchó a las diez de la mañana y dejó trabajando a los dos hombres, quienes habían adquirido el compromiso de tener la biblioteca perfectamente dispuesta antes de que él regresara de su viaje, que le tomaría tres días. La casa quedó al cuidado de Francisca, la señora del servicio doméstico.

Cuando el semáforo cambió a la luz verde, giró a la izquierda y enfiló con velocidad la calle que lo conducía a la casa, cuatro cuadras más adelante. Guardó el vehículo en el garaje, saludó a Francisca, rechazó la oferta de ésta de comer la cena y subió de prisa las escaleras en dirección al estudio. Vio la biblioteca y sonrió: perfecta, hermosa, organizada tal y como él lo había indicado.

Tomó un libro al azar, uno que reconoció de inmediato como se reconoce un familiar, y, al cabo de tres segundos, una alarmante sorpresa demudó su cara:  salvo las tapas, todo el libro estaba en blanco. ¡No había una sola página impresa! Pasado el choque inicial, pensó que su amigo le había jugado una mala pasada, una broma impecablemente urdida. Entonces sacó otro libro, que, tranquilizándolo, confirmó su presunción: el ejemplar estaba en estado normal, con su contenido impreso intacto y completo.

Sin embargo, sintió la necesidad de verificar que el libro en blanco era en efecto sólo el producto de una tomadura de pelo; además, era posible que la tomadura de pelo se hubiera extendido a otros ejemplares. Así que fue a otra sección de la biblioteca y sacó con deliberada distracción un tercer libro: ¡también estaba completamente en blanco, tal como el primero! Se irritó, aun sin descartar la posibilidad de la broma. Llegó a pensar en su amigo con verdadera furia. 

Antes de tomar otro libro más, decidió examinar a fondo los dos ejemplares anómalos; les dedicó unos buenos y concentrados minutos, al cabo de los cuales su consternación se hizo más angustiosa: era evidente que no se trataba de réplicas exactas de sus libros; no: eran exactamente, sin que ningún detalle permitiera dudar de su autenticidad, los dos libros que había adquirido (y luego leído) hacía muchos años, en dos épocas diferentes de su vida y en dos librerías que ahora recordaba con precisión. ¡No era, pues, una broma! ¡Era imposible que su amigo, ni ninguna otra persona, hubiera podido hacer eso!

Desesperado, siguió sacando libros al azar, de estanterías diferentes, y lo que era alarma se transformó en verdadero terror. Sobre el piso del estudio, tenía dispersos unos 25 o 30 ejemplares, cerrados o abiertos por cualquier página; ejemplares amados que les recordaban distintos períodos, incluso instantes precisos, de su pasado, y que ahora eran cubos inútiles, inservibles, pues estaban todos en blanco, con excepción de las tapas.

Aunque era consciente de que no tenía sentido, decidió llamar por teléfono a su amigo. Cuando éste oyó su reclamo, le respondió con extrañeza que de qué demonios le estaba hablando y, a continuación, cuando insinuó que quizá los dos hombres que él le había recomendado serían los responsables de la maldita aberración, su amigo le gritó que estaba loco y le colgó el teléfono.

Con el dispositivo en la mano, permaneció por unos minutos petrificado, sin saber qué hacer, con la mirada perdida en algún punto indefinible de la estancia. Reaccionó y observó el panorama que tenía delante de sus ojos: unas tres docenas de libros tirados en el suelo, que vio con conmiseración, y por lo menos más de 2.900 ordenados en los anaqueles de color caoba. La conclusión que sacó es que no sólo no todo estaba perdido, sino que el daño podía ser a la larga minoritario.

Así que respiró profundo y, fortalecido por esa esperanza, reanudó la tarea de revisar los libros. La esperanza empezó a diluirse de inmediato ante la persistencia de aquella realidad irregular, monstruosa. Libros y libros y más libros sin texto fueron acumulándose y desparramándose sobre el piso de baldosas blancas del estudio. ¡Todavía no lo podía creer! Su ansiedad crecía. Y ya no era capaz de interrumpir su labor: estaba resuelto a continuarla aunque ello le llevara toda la noche porque le urgía saber si aquel extraño fenómeno tenía un alcance parcial o, como parecía indicar la tendencia, era de carácter total.

Mientras sacaba uno tras otro, en cantidades que ya eran copiosas, volúmenes malogrados, inutilizados, cuyo contenido había sido borrado por completo, un aliento mínimo lo estimulaba: el ejemplar que, al comienzo de la noche, había encontrado en “estado normal”. Lo localizó de nuevo y comprobó que se mantenía igual. Era La espuma de los días, de Boris Vian, una novelita que había gozado mucho en su juventud. No podía ser un mero accidente. No podía ser el simple resultado de una distracción del implacable flagelo que había infestado su biblioteca. O –dudó de pronto– ¿sería la excepción de la regla?

A las dos de la madrugada, el espectáculo de la multitud de libros que inundaban en desorden la superficie del estudio era deprimente. Su desespero rayaba en la agonía. Por momentos, daba alaridos desesperados. Francisca, por fortuna, debía de estar profundamente dormida. Sentía un creciente cansancio físico y mental. Se sentó un rato en un escabel bajo y recordó el “Poema de los dones”, de Borges. Pensó que le estaba sucediendo lo mismo que el poeta argentino describía allí. Si el poeta disponía de los libros inútilmente porque su ceguera le impedía leerlos, él también disponía de los suyos inútilmente porque eran éstos los que se habían quedado ciegos. Sí: estaban taponados por una ceguera blanca detrás de la cual habían quedado sepultados sus signos y sus líneas. Tener miles de libros que anunciaban en sus cubiertas sus atractivos títulos pero cuyas hojas se hallaban en blanco era padecer igualmente el castigo de Tántalo. ¡Oh, el terror a la página en blanco de que tanto hablaban los escritores no podía ser más espantoso que el que estaba padeciendo él ahora!

No era creyente, no era supersticioso, pero en alguna fase de su tormento su mente se aferró a soluciones mágicas: fantaseó que algún brujo debía conocer conjuros precisos que invocaran los textos desaparecidos y los hicieran subir de nuevo a flote a la superficie de las páginas.

De pronto –eran ya las 3:20 de la madrugada–, se produjo un hallazgo que alteró la insufrible monotonía de la tempestad de las páginas en blanco: al abrir un libro, vio en su primera página las tres líneas iniciales, nítidas, exactas. Su alborozo fue como un arrebato explosivo. Las leyó minuciosamente, dos veces, tres veces. Pero, aunque recorrió el resto de las páginas con obcecada atención, no halló una sola línea más. Volvió a experimentar el sentimiento del desconcierto, que se transmutó luego en una vaga esperanza cuando siguió descubriendo ejemplares que conservaban parte de su contenido: tres párrafos, un capítulo completo, cuatro o seis capítulos…

Trató de inferir a partir de estos nuevos datos de la realidad un nuevo patrón del fenómeno: supuso que los libros se estaban borrando gradualmente, en procesos que no eran simultáneos. Eso explicaba que muchos estuvieran ya por completo en blanco, otros a medio borrar y… ¡otro con su texto intacto! Apresurado, volvió a buscar La espuma de los días. Allí estaba: continuaba bien, incólume.

Entonces su esperanza cambió de objeto o, mejor dicho, delimitó su objeto: aspiraba ahora sólo a que sus libros favoritos, sus ejemplares fetiche no hubieran sido todavía afectados por la ceguera blanca y que fuera posible apartarlos de la biblioteca y, ubicándolos en otro lugar, ponerlos a salvo en definitiva de esa peste sofisticada que destruía la tinta sin causar la menor magulladura al papel. Así que, a medida que iba recordándolos, empezó a buscarlos en los lugares donde sabía que tenían que estar.

El primero de ellos estaba en blanco y casi se echó a llorar. Pero de pronto recordó que le había prestado a una hermana otra edición del mismo libro que era todavía más valiosa para él. ¡Agradeció al destino que su hermana le hubiera pedido ese título tres semanas atrás y que él le hubiera dado justamente aquél que era un ejemplar de una edición príncipe!

Para su gran fortuna –una fortuna que entonces ya le resultó increíble, el colmo de la buena suerte–, los siguientes tres libros que hacían parte de su bibliofilia y que localizó en cuestión de unos 15 minutos gozaban de un perfecto estado. Mientras los abrazaba con una alegría casi pueril, se le vino a la memoria como un fogonazo una obra que lo había embrujado cuando la leyó por primera vez en la lejana adolescencia y con la cual había mantenido siempre una conexión literaria tan profunda y perdurable que seguía teniéndola en muy alta estima 34 años y cuatro relecturas después. Rogó íntimamente que la única edición que conservaba de ella –que era la primera y que resultaba tan especial para él que había rehusado adquirir ninguna de las muchas otras que habían aparecido con el paso del tiempo– no hubiera sido atacada en lo más mínimo por el misterioso fenómeno. Soltó los ejemplares que sujetaba contra su pecho y se dirigió al lugar donde debía estar el pequeño, sucio y ajado libro de culto de carátula morada. Sin pérdida de tiempo, lo abrió y desconsoladamente leyó: “Soy rubia. Rubísima. Soy tan rubia que…”.

¡Eso era todo, ay! Ni el oro resplandeciente del pelo de la adorada heroína había logrado poner a salvo la historia de sus propias aventuras, como si la sombra letal que ya amenazaba su brillo en esas primeras líneas hubiera borrado todas las demás y, con ellas, su cabello todo, su ritmo como no había dos, sus amantes, su música, su relato efervescente…

@JoacoMattosOmar

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