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Opinión

El parrandón de Cancún

La boda quedará en las memorias políticas de Barranquilla, pero por haber sido un pésimo ejemplo de incoherencia de unos servidores públicos.

Desaprobación desató la fiesta electrónica de Natalia París en las propias barbas del alcalde cartagenero William Dau. Obvio. De los personajes públicos, sin importar su nivel de influencia, siempre se espera coherencia.

De los políticos se exige lo mismo. Desde el presidente de la república hasta un concejal de un municipio de sexta categoría.

Por eso generaron censura unas fotos del matrimonio del concejal Juan Camilo Fuentes al que asistieron numerosos invitados, entre ellos sus colegas Mauricio Villafañez y Ernesto Crissien, el contralor distrital Carlos Quintero y el senador Carlos Meisel. (Las fotos las hizo notorias la cuenta de Twitter #UnCaféPorBarranquilla y las replicaron algunos medios de comunicación).

Por supuesto, nos satisface que el joven Fuentes se haya desposado. Y lo felicitamos. Pero ese no es el punto. El punto es que el concejal, los otros servidores públicos y el resto de los invitados celebraron el acontecimiento en Cancún y ninguno llevaba puesto el tapabocas. Al parecer, lo dejaron olvidado en Barranquilla, donde se nos vino encima la tercera ola del coronavirus tras la Asamblea del BID que le dejó al Distrito un crédito de 250 millones de dólares que engordará la abultada deuda pública que estamos pagando y seguiremos pagando los barranquilleros.

Que el parrandón no tuvo lugar en la ciudad. Esa podría ser la excusa. Pero no sería aceptable porque México no ha escapado al azote mortal del flagelo. Y que sepamos, Cancún no ha sido declarada zona liberada del contagio.

Lo que mucha gente ha cuestionado particularmente a Fuentes, a los concejales Villafañez y Crissien y a Quintero  es que en las redes sociales hayan hecho vehementes convocatorias al autocuidado, a la disciplina y a no bajar la guardia, mientras  ellos se pasaban eso por la faja y bebían y bailaban y hasta cantaban en la boda de Cancún. A Meisel se le abona que pidió perdón por haber asistido a la fiesta matrimonial.

La boda quedará en las memorias políticas de Barranquilla, pero por haber sido un pésimo ejemplo de incoherencia de unos servidores públicos que dicen una cosa pero hacen otra. Al papel hasta ahora intranscendente de estos dirigentes en el Concejo y la Contraloría, se ha añadido esto que los deja mal parados frente a la opinión pública.

La incoherencia es una epidemia nacional. La origina, presumo, esa desarmonía entre cultura, ley y moral de la que ha hablado Antanas Mockus. De ahí nuestras diarias y copiosas transgresiones. Lo que tan duramente se les reprocha a los ciudadanos comunes y silvestres por sus irresponsables festejos en medio de la pandemia fue lo que hicieron estas personas de la élite en Cartagena y Cancún. Solo cambian el contexto y las marcas de ropa y licor.

Hago una pringamocera pregunta final, al estilo Chelo De Castro. ¿Será que los modestos honorarios de un concejal de Barranquilla dan para una lujosa boda en Cancún?

@HoracioBrieva

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