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¡Inshallah, Afganistán!

Afganistán, lo que traduce ‘tierra de los afganos’, es más bien hoy la tierra de los talibanes, el grupo armado fundamentalista al que le tomó si acaso un poco más de tres meses apoderarse de la totalidad de un territorio donde las mujeres apenas empezaban a acostumbrarse a ser, a hablar, a mostrar su rostro, o al menos un poco de piel que les dejara saber a todos que ellas existen, que tienen derechos,

No hace falta ser afgano ni árabe ni musulmán para sentir dolor o conmoverse o preocuparse por lo que está ocurriendo en ese lugar del mundo que parece haber sido cubierto desde sus inicios por un largo, ancho e interminable velo de inhumanidad. Afganistán, un pueblo tan temeroso de la ira de Dios como del fanatismo del hombre (quizás más de este que de la otra), empieza a escribir una de las más crudas páginas de su historia, cuando después de casi veinte años de haber perdido el mando, los talibanes retoman las riendas de un país de por sí desbocado.Esta y toda la hecatombe que se avecina,“en nombre de Alá”.

Como en todo relato devastador, los que se quedan tienden a cargar consigo la peor parte. El de Afganistán no es la excepción a esa ‘regla’. Ante la inminente llegada de los extremistas islámicos, Ashraf Ghani, el hasta hace poco presidente del montañoso, polvoriento y desventurado país, huyó de esa tierra de inviernos infernales junto con su familia y con el dinero suficiente como para estar bien en otra parte. Ghani ahora se refugia en Abu Dabi, ¡qué mejor lugar para pasar el susto! Mientras tanto, miles de afganos se debaten entre el terror y la desesperanza que, como ninguna otra cosa sobre la tierra, produce el fundamentalismo.  

Tan antiguo como la existencia humana, el fundamentalismo ha sido una de las más peligrosas armas usadas en contra de la humanidad misma. Las cruzadas cristianas fueron una modalidad de fundamentalismo religioso,fundamentalismo católico;siglos después, aparecieron los fundamentalismos políticos (como el de Stalin y Hitler); y más tarde sobrevino el fundamentalismo islámico, que gracias al pavoroso legado de exponentes como Osama Bin Laden, exlíder de Al Qaeda, se ha constituido en el de mayor identificación social. 

Afganistán, lo que traduce ‘tierra de los afganos’, es más bien hoy la tierra de los talibanes, el grupo armado fundamentalista al que le tomó si acaso un poco más de tres meses apoderarse de la totalidad de un territorio donde las mujeres apenas empezaban a acostumbrarse a ser, a hablar, a mostrar su rostro, o al menos un poco de piel que les dejara saber a todos que ellas existen, que tienen derechos, voz,cerebro, corazón. Con la toma definitiva de los talibanes, para sobrevivir, a las afganas no les queda otra salida más que volver a encerrarse en el absurdo del burka.

Talibán viene del pastún talib, que significa ‘estudiante’, ‘buscador de la verdad’. Esta facción ultraconservadora nació a mediados de los 90 y tomó el nombre de sus miembros que fueron estudiantes entrenados en las madrasah, escuelas islámicas ubicadas en refugios al norte de Pakistán. ¡Cuánta distancia hay del concepto de estudiante al de oscurantismo! Y de eso bien ha de saber Malala Yousafzai, la paquistaní que por defender el derecho a la educación de las niñas fue tiroteada por los talibanes en 2012, y que dos años después recibió el Nobel de Paz.

Una amiga musulmana hace mucho me enseñó la palabra inshallah (‘si Dios quiere’, ‘ojalá’), para mí, una de las más bellas, porque expresa esperanza. Hoy solo deseo libertad para la tierra de las rosas que florecen entre el polvo. ¡Inshallah, Afganistán!

 

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