El Heraldo
Opinión

Idiotas espaciales

En las próximas décadas deberíamos trabajar por combatir de forma eficiente el cambio climático. Nuestros recursos y esfuerzos deberían disponerse a proteger el planeta y a reducir en la mayor medida posible la huella de carbono que estamos creando. 

El 12 de abril de 1961 llegó al espacio el primer cosmonauta humano, Yuri Gagarin. A esa gran proeza le siguió la llegada del Apolo 11 a la Luna el 20 de julio de 1969, lo que Neil Armstrong, el primero en pisar el luminoso astro, describió como «un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad». Ambos eventos fueron hitos de la histórica carrera espacial entre dos grandes potencias, Unión Soviética y Estados Unidos, protagonistas estelares de la letal Guerra Fría. Varias décadas después, la lucha por la conquista del espacio sideral está siendo librada por archimillonarios en un vanidoso duelo que anuncia más daños que beneficios para la Tierra.   

El primer magnate en lanzarse al espacio fue el británico Richard Branson, quien viajó a la estratosfera el pasado 11 de julio en una nave de su empresa Virgin Galactic, afirmando que «el espacio nos pertenece a todos». Unos días después, el 20 de julio, la “hazaña” fue repetida en no más de once minutos por Jeff Bezos, el multimillonario fundador de Amazon que llevó con él al espacio a su hermano Mark, a una veterana aviadora de 82 años y a un estudiante de 18… Todos a bordo del New Sephard, cohete desarrollado por la compañía Blue Origin, también propiedad de Bezos. ¿Pero cuál es el sentido de todo esto?

Aunque no deja de ser alucinante la idea de viajar al espacio y ver el mundo desde otra óptica, casi utópica para la grandísima mayoría, volcar los ojos hacia ese objetivo genera más problemas que ganancias para la humanidad. El que puede, puede, ¿pero a qué costo? Cuando digo ‘costo’ no me refiero exactamente a las sumas irrisorias que unos pocos privilegiados pueden pagar por irse al espacio exterior y retornar unos minutos después sintiéndose reyes de la galaxia, sino a lo que en términos de medioambiente implica cada uno de esos estrafalarios viajes.    

Mientras Virgin Galactic anticipa que ofrecerá 400 vuelos espaciales por año, la realidad del suntuoso turismo espacial es que la quema de los escudos térmicos protectores de las naves espaciales genera gases de efecto invernadero y fuertes contaminantes del aire que repercuten seriamente en el desgaste de la capa de ozono que protege el planeta contra la nociva radiación ultravioleta. Es así como queriendo vivir una maravillosa y efímera experiencia estratosférica, unos cuantos humanos promueven y aceleran el aumento del nefasto calentamiento global. 

En las próximas décadas deberíamos trabajar por combatir de forma eficiente el cambio climático. Nuestros recursos y esfuerzos deberían disponerse a proteger el planeta y a reducir en la mayor medida posible la huella de carbono que estamos creando. Raya en lo ridículo poner por encima de cualquier otro interés la vanidad de unos cuantos magnates e iniciar una especie de migración a otros mundos, que a la fecha ni siquiera pueden considerarse eso. 

Esta sentencia de Dostoievski en ‘El idiota’, bien ilustra la gran amenaza que representan los que, para mí, son sendos idiotas espaciales: «Fácilmente se adquieren costumbres suntuosas y difícil es prescindir de ellas después, cuando el lujo se convierte en necesidad».

@cataredacta

 

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