El Heraldo
Opinión

Flotando en el viento

¿Cuánta violencia más tendremos que sufrir para comprender que la violencia no es el mejor camino? 

«En el principio había montañas, llanuras y ríos, pero especialmente montañas», dice David Bushnell en ‘Colombia, una nación a pesar de sí misma’, para señalar cómo la naturaleza de nuestra geografía determinó tanto de lo que aún somos. Hoy, cuando han pasado un poco más de 210 años de su nacimiento como república, la tierra de las mariposas amarillas y el Macondo de García Márquez arde más que nunca en medio del fuego producido por su propia ira. 

« ¿Cuántos mares debe atravesar la paloma blanca antes de dormir en la arena?», pregunta Bob Dylan en esa contundente canción que hace reflexionar sobre la forma como vivimos o, más bien, como morimos, como nos matamos. En Colombia, un país acostumbrado a gobernar y a ser gobernado desde la comodidad que confieren la sordera y la ceguera crónicas ante los dolores y las carencias del otro, no es extraño que a menudo nos enteremos de la muerte de quienes son asesinados o silenciados para siempre por la mezquina razón de que alguien así lo quiso. 

« ¿Cuántas veces puede un hombre voltear la cabeza, fingiendo no ver nada?», pregunta el nobel. Y, en el fondo, eso nos preguntamos los colombianos por estos días en los que dirigentes políticos han tomado decisiones absurdas, como celebrar encuentros deportivos en sus ciudades, aun cuando no es tiempo propicio para celebrar nada. Vivimos días difíciles que han dejado pérdidas lamentables, como la del manifestante entusiasta que recibió ocho impactos de bala en Pereira y de esa forma perdió la vida, justo en busca de esperanza.  

« ¿Cuántos oídos debe tener un hombre para poder escuchar a la gente que llora?», pregunta el poeta. A mediados del siglo XX, Colombia vivió la llamada era de la violencia, cuando la rivalidad partidista entre liberales y conservadores parecía serlo todo en una patria más que boba en la que esa dramática competencia se alimentaba de la ignorancia de los campesinos que en su inocencia rural eran manipulados hasta creerse el cuento de que los miembros del bando contrario habían hecho pacto con el diablo. En el siglo XXI, no han cambiado mucho las cosas. Somos una nación polarizada y, por ende, timada. 

« ¿Cuántas veces deben volar las balas de cañón antes de ser prohibidas para siempre?», pregunta el artista. Colombia es un pueblo que germinó, como tantos otros o tal vez como todos, entre hechos violentos. Una nación que lleva el rojo en la franja inferior de su bandera, como símbolo de la sangre derramada en honor a la patria. «La violencia, como la lanza de Aquiles, puede curar las heridas que ha infligido», dice Sartre, equivocado, intentando justificar esa salida corrosiva y letal como la más indicada para sanar las fracturas sociales del mundo.    

En Colombia no necesitamos más muertes para crecer como nación. La violencia, ese denominador común de toda guerra, es la única entidad sobre la tierra que debemos eliminar. « ¿Cuántas muertes serán necesarias para comprender que ya ha muerto demasiada gente?», pregunta el músico… La respuesta, amigos míos, «está flotando en el viento».  

@cataredacta

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