Escuchar a los mayores siempre fue una de mis costumbres. Sentarme cerca para oír sus relatos, sus aventuras, sus victorias y también sus moralejas hacía que mi corazón corriera más rápido, que algunas lágrimas brotaran de mis ojos o que mis manos sudaran. A veces les escuché palabras mojadas por lágrimas verdaderas.
Los escuché en las esquinas de mi barrio, donde, en taburetes, compartían una cerveza al ritmo de historias, o en las mesas de dominó, en las que las palabras se apoyaban en los golpes secos de las fichas contra la mesa. Algunos contaban con la cadencia de la brisa que hamaqueaba nuestra atención; otros eran concretos, pero usaban imágenes realmente fantásticas.
Eran cuentos de otro mundo. Pasaban cosas que no podía imaginar. A veces las historias quedaban suspendidas, sin el final esperado. Nosotros, los niños, éramos mudos. No podíamos hablar ni siquiera preguntar. Pero aun así, a mí me encantaba estar ahí, en esas pequeñas ágoras donde hablaban los años.
Entendí que sin pasión no hay historia, que sin estructura se deforma, que el ritmo la hace latir. Aprendí que las estructuras tienen que ser sencillas, porque lo hablado tiende a ser efímero y el sentido puede perderse en los recovecos y los adornos. Recuerdo que en algún momento escuché a uno de los viejos contar algo que yo sabía que era mentira. Y al final le pregunté por qué lo contaba con tanta seguridad, y con su voz pausada pero firme me dijo que los buenos contadores son aquellos que hasta las mentiras las cuentan como si fueran verdad.
Ahí tuve la certeza de que iba a hablar en público y que dedicaría mucho tiempo de mi vida a ese ejercicio creativo y realizador. Por ello trataba de aprehender la magia que ellos ponían en las palabras. Estoy seguro de que nada tiene más poder que la palabra: con ella se crean mundos, y con ella también se derrumban.
Por eso cada vez cuido más las palabras que uso. No solo en el espacio público, sino en la intimidad de la amistad, de la vida de pareja, de la experiencia laboral. Hay que ser conscientes del poder de la palabra. Porque una palabra que sale de nuestra boca ya no nos pertenece. Incluso la verdad puede deformarse en la voz. Y las palabras no se las lleva el viento, se quedan viviendo en quien las escucha.
Ahora, cuando los años han llegado, vuelvo a esos lugares donde aprendí a escuchar, y cierro los ojos para oírlos de nuevo. En ese regreso silencioso, descubro que no era solo escuchar, era aprender a nombrar el mundo con la misma hondura con la que ellos lo hacían. Y acaso por eso todavía sigo buscando esas voces.
@Plinero


