Hay rituales que toca vivir para entenderlos. Como hijo y después como padre. El álbum del Mundial es uno de esos. Esta semana, mientras mis hijos peleaban por quién pegaba a Messi y quién a Cristiano, y el menor celebraba porque le había salido Haaland, me acordé de por qué esta experiencia es tan especial. No son solo figuritas. Es sentarse juntos, abrir sobres, cambiar repetidas y terminar riéndose en una mesa como si el tiempo se frenara.
Y tal vez por eso seguimos cayendo cada cuatro años. Porque abrir sobres tiene algo especial. Mi hijo mayor llegando del colegio emocionado a mostrar las láminas que cambió. Estar en familia pegando figuritas, tratando de alinearlas bien, aunque algunas terminan torcidas porque la emoción le gana a la paciencia. Y esa esperanza medio absurda de pensar que “ahora sí” va a salir la que falta.
El tema es que el álbum se volvió muy costoso. Los sobres rondan los cinco mil pesos y ahora, con 42 selecciones, llenarlo es todavía más difícil. Más páginas, más figuritas, más repetidas y más plata. Algunas láminas especiales ya se revenden hasta en $120.000, como la famosa “00”, convertida casi en objeto de lujo. Y aunque sigue moviendo multitudes, para muchas familias ya empieza a sentirse casi inaccesible.
Aun así, la gente sigue comprando sobres. Porque el álbum funciona como muchas cosas importantes de la vida: no tiene sentido desde la lógica, pero sí desde la emoción. Por unos minutos dejamos de hablar de cuentas, inseguridad o política y volvemos a algo simple. La ilusión de encontrar la que faltaba. La felicidad cuando aparece tu favorito. Tanto mueve esa pasión que esta semana se volvió viral un niño que hizo a mano su propio álbum del Mundial 2026, dibujando cada página.
Por eso da tristeza que algo tan universal empiece a sentirse excluyente. Que haya niños que se queden por fuera porque se volvió impagable. No debería sentirse como un privilegio. Ojalá quienes se encarguen del álbum piensen que la magia está en que cualquier niño pueda sentarse a abrir un sobre soñando que le salga Messi, Cristiano o Haaland.
Y justo ahora, cuando el álbum parece más negocio que ritual, la FIFA decidió pone fin a una historia de 60 años con Panini para encargarse directamente. Ojalá entiendan que el álbum es más que una línea de ingreso; es una herramienta para conectar alrededor del fútbol. Porque ya algo parecido está pasando con el Mundial mismo: para muchas familias ir a un partido se volvió casi imposible, cuando toda la experiencia es cada vez más costosa. Y cuando todo se piensa solo desde la rentabilidad, la pasión popular empieza a asfixiarse.
El fútbol necesita negocio, sí. Pero también seguir siendo cercano, accesible y compartido. Porque el día que un niño deje de soñar con llenar un álbum o con ir a un estadio, el fútbol habrá empezado a perder parte de lo que lo hizo el deporte más importante del mundo.
@MiguelVergaraC


