Enojo, indignación y, sobre todo, una profunda aflicción me causa siempre leer las noticias, los estudios y los informes que circulan en medios de comunicación, académicos y redes sociales, donde se denuncian los recurrentes y graves atentados contra la niñez colombiana. Un informe publicado por el Departamento Nacional de Estadística (DANE), con la caracterización de la explotación sexual comercial de niños y adolescentes, describe la gravedad y magnitud del fenómeno, aunque, como lo han ratificado las autoridades, se estima que hay un subregistro estadístico.

El estudio abarca del 2015 al 2025, cuando la Fiscalía registró 22.697 menores de edad víctimas de delitos relacionados con la explotación sexual comercial, con una mayor afectación en el rango etario comprendido entre los 14 y los 17 años. El 81,8 % de los casos correspondieron a niñas.

Otro dato que hiela el alma es que los delitos con más víctimas fueron, en su orden: la pornografía (con 12.074 afectados), la demanda de explotación sexual comercial de persona menor de 18 años (4103 víctimas), la utilización o facilitación de medios de comunicación para ofrecer servicios sexuales (2583 víctimas reportadas), la inducción a la prostitución (1939 víctimas) y el proxenetismo (1428 afectados).

Mientras Bogotá lideró la deshonrosa primera posición en cuanto a la cantidad de casos, en la región Caribe, Bolívar fue el séptimo departamento con más prevalencia de estos delitos y el Atlántico ocupó el puesto número once.

Con respecto a las barreras para las denuncias, en un informe publicado por El Tiempo, la directora del ICBF, Astrid Cáceres, citó situaciones como el miedo, las amenazas, la dependencia económica, las barreras territoriales y culturales, la manipulación emocional y la desconfianza institucional.

Hoy es clave, además de contrarrestar estos factores, generar herramientas eficaces para enfrentar la vulnerabilidad de los menores ante la utilización perversa de la tecnología para atacarlos, con legislaciones ajustadas a este contexto para erradicar la venta y la explotación sexual de niños.

Ante esta crítica problemática, vale la pena cuestionarnos como sociedad sobre cuál es el futuro que les espera a nuestros niños si, en sus entornos, donde deben ser amados y salvaguardados, se permite y acepta, incluso culturalmente, este tipo de conductas que los lesionan gravemente y les dejan una dolorosa huella para toda la vida. Por ser ellos el futuro de la humanidad, son su mayor patrimonio; por esto, estamos obligados a preservar su vida y su honra.

@Rector_Unisimon