La educación se ha convertido en uno de los temas más hurgados y manoseados del debate contemporáneo. Todos opinan, diagnostican y prescriben al respecto, pero con frecuencia lo hacen desde un plano superficial, lleno de lugares comunes que desconocen los textos, las ideas y las tradiciones conceptuales y pedagógicas que durante siglos fueron el núcleo del razonamiento sobre la formación.
Ese desconocimiento se traduce, de manera concreta, en la progresiva expulsión de académicos y filósofos de la educación del centro del debate, sustituidos por tecnócratas, consultores y agentes comerciales que interpretan la escena educativa bajo la lógica de la compraventa. En este nuevo marco, la educación deja de pensarse como un proceso formativo para convertirse en un producto que se diseña, empaqueta y distribuye según criterios de demanda, competitividad y posicionamiento.
Pero el desplazamiento no afecta solo a los interlocutores, sino también a las fuentes: ya no se dialoga ni con los clásicos que han definido históricamente los fines y la naturaleza de la educación ni con estudios de máximo rigor que muestran las relaciones entre currículo y desarrollo humano, sino con informes, ránquines y documentos estratégicos más propios de la industria y de la fábrica que del pensamiento.
El resultado de todo esto es un desfondamiento del discurso que, desprovisto de solidez conceptual, es vulnerable a la lógica tendencial sobre la que he escrito en otros artículos de prensa; lógica que encumbra, como nuevos oráculos de la educación, a los presentadores de la tendencia: CEO, evangelizadores tecnológicos, consultores de innovación, coaches educativos, influencers pedagógicos, conferencistas motivacionales, diseñadores de experiencias de aprendizaje, curadores de contenidos y gestores de “ecosistemas de innovación”.
Por consiguiente, si la tendencia es la inteligencia artificial, se propondrá que el país se convierta en una potencia en IA; si lo dominante es la sostenibilidad, toda política educativa deberá formar líderes verdes; si la conversación gira hacia el emprendimiento y la innovación disruptiva, el sistema educativo se reconfigurará en torno a esas promesas. Y si la tendencia son las certificaciones técnicas, los microcredenciales y los títulos cortos, entonces las instituciones educativas se transformarán en proveedores de ese tipo de formación rápida y fragmentaria, mientras los currículos se reorganizan para producir trayectorias breves, modulares y altamente instrumentales.
*Jurista, filósofo y bioeticista


